INFANCIA Y RESILIENCIA



















 


La responsabilidad del mundo adulto en la producción del sufrimiento infantil

Mi discurso intenta argumentar que el sufrimiento infantil es en gran parte el resultado de la incompetencia del mundo adulto en satisfacer las necesidades de los niños y niñas

Por Jorge Barudy


La Utilidad del enfoque eco-sistemico y el trabajo en redes en la prevención y el tratamiento de las consecuencias de los malos tratos infantiles

El desafío para cualquier programa que pretenda dar una respuesta integral al sufrimiento de los niños maltratados deberá optar por el desarrollo de prácticas de redes que, movilizen el conjunto de recursos institucionales, profesionales y familiares existentes.

Por Jorge Barudy


El autocuidado de los profesionales que trabajan en prgramas de protección infantil

Por Jorge Barudy



L'inceste : une tragédie à trois personnages (En francés)
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Por Jorge Barudy

Las huellas que deja en los hijos el maltrato sicológico de los padres
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Por Debora Guitierrez A.

Encuentro sobre jóvenes y drogas en la UPNA
Los jóvenes que están en la droga son víctimas de un sistema, no culpables

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Por Jorge Barudy

LA RESPONSABILIDAD DEL MUNDO ADULTO EN LA PRODUCCIÓN DEL SUFRIMIENTO INFANTIL
Por Jorge Barudy

 

 

 

 

 

Mi discurso intenta argumentar que el sufrimiento infantil es en gran parte el resultado de la incompetencia del mundo adulto en satisfacer las necesidades de los niños y niñas

  Mi discurso intenta argumentar que el sufrimiento infantil es en gran parte el resultado de la incompetencia del mundo adulto en satisfacer las necesidades de los niños y niñas, garantizándoles sus derechos. Este postulado me parece fundamental a la hora de comprender el mundo de los niños y de los adolescentes y para aportarles la ayuda adecuada para suplir los efectos de estas incompetencias.
En este sentido los diferentes tipos de malos tratos que sufren los niños y las niñas denuncian no solo la incompetencia de sus padres, sino que también la de toda la comunidad adulta que no ha podido protegerles.

Bienestar infantil, competencias parentales y recursos comunitarios.

El bienestar infantil es el resultado de un proceso complejo determinado por la interacción de diferentes niveles representados en la siguiente ecuación en donde intentamos demostrar que el resultado final es más que la suma de los esfuerzos individuales de los padres y de los miembros de una familia. El bienestar infantil es sobre todo la consecuencia de los esfuerzos y recursos coordinados que una comunidad pone al servicio del desarrollo integral de todos sus niños y niñas.
Bienestar = Recursos Competencias Parentales + Resiliencia
infantil comunitarios Necesidades InfantilesEn esta fórmula se recuerda que el bienestar infantil es la consecuencia del predominio de experiencias de buen trato que un niño o niña tiene el derecho de conocer para desarrollarse sana y felizmente. Estos buenos tratos no solo corresponden a los que los padres son capaces de ofrecer, sino también son el resultado de los recursos que la comunidad pone al servicio para garantizar la satisfacción de las necesidades infantiles y el respeto de sus derechos, así como para apoyar y favorecer el desarrollo de competencias parentales. El bienestar infantil es producto del buen trato que el niño recibe, y éste a su vez es el resultado de unas competencias parentales que permitan a los adultos responder adecuadamente a las necesidades de los niños. Para que esto pueda producirse, deben existir, además, unos recursos comunitarios que ayuden a cubrir las necesidades de los adultos y de los niños. En nuestro modelo, el bienestar infantil es, por lo tanto, una responsabilidad del conjunto de la comunidad.
En lo que se refiere a los padres nos interesa recalcar la relación existente entre competencias parentales y necesidades infantiles y esto a dos niveles: a) El desafío de la función parental implica poder satisfacer las múltiples necesidades de sus hijos (alimentación, cuidados corporales, protección, necesidades cognitivas, emocionales, socioculturales, etc.), pero además en la medida que estas necesidades son evolutivas los padres deben poseer una plasticidad estructural que les permita adaptarse a los cambios de las necesidades de sus hijos. Es evidente que no es lo mismo atender a un bebe que a un adolescente.
b) Si los padres no poseen las competencias parentales para satisfacerlas necesidades de sus hijos y además les hacen daño, es muy probable que los niños en el momento de la intervención presentaran necesidades especiales tanto a nivel terapéutico como educativo. Mientras más tardía e incoherente sea la intervención mayores serán estas necesidades, lo que obligará a mayores esfuerzos para proporcionar a los niños los recursos terapéuticos a los que tienen derechos.
El concepto de competencias parentales se refiere a las capacidades que tienen los padres para, cuidar, proteger y educar a sus hijos asegurándoles un desarrollo suficientemente sano . Las competencias parentales forman parte de lo que hemos llamado la parentalidad social, para diferenciarla de la parentalidad biológica, es decir de la capacidad de procrear o dar la vida a una cría. La mayoría de los padres pueden asumir la parentalidad social como una continuidad de la biológica, de tal manera que sus hijos son cuidados, educados y protegidos por las mismas personas que los han procreado. Sin embargo para un grupo de niños y niñas esto no es posible, si bien es cierto sus padres tuvieron la capacidad biológica para copular, engendrarlos y parirles, desgraciadamente no poseen las habilidades para ejercer una practica parental mínimamente adecuada. Como consecuencia de esto, los niños pueden sufrir diferentes daños, los que les da el derecho a acceder a una parentalidad social que compense la incompetencias de sus padres, al mismo tiempo que se les asegure la mejor vinculación posible con sus orígenes consanguíneos. En esta perspectiva, el acogimiento familiar o residencial deben ser considerados como los recursos que una comunidad pone al servicio de sus crías , para asegurarles una parentalidad social complementaria a la parentalidad biológica. Esto en la medida que los padres por sus condicionantes históricos y actuales no están en condiciones de asegurar los cuidados que sus hijos necesitan. De esta manera los padres acogedores o los educadores que se ocupan de los niños pueden ser considerados como cuidadores, responsables de una parentalidad social; que se suma a la parentalidad biológica proporcionando los cuidados que los niños necesitan y facilitando una vinculación sana de estos con sus orígenes. En este caso los niños deberán integrar en sus desarrollo la singularidad de una doble vinculación: a sus padres biológicos y a sus padres sociales. Además de resolver los conflictos de lealtad que pudieran presentárseles, para integrar en sus identidades estas dos pertenencias de la forma lo mas equilibradas posibles.
La adquisición de competencias parentales es el resultado de procesos complejos en el que se entremezclan las posibilidades personales innatas marcadas sin ninguna a duda por factores hereditarias, los procesos de aprendizaje influenciados por la cultura, así como las experiencias de buen trato o mal trato que la futura madre o futuro padre hayan conocido en sus historias personales , especialmente en sus infancias y adolescencias.
Ser madre o padre competentes es una tarea tan delicada y compleja y sobre todo fundamental para la preservación de la especie que sin ninguna duda “la naturaleza” ha puesto todo de su parte para que esta función sea posible en la mayoría de los casos.
Los que somos padres o madres, al reflexionar como hemos sido capaces de llevar a delante esta misión y obtener resultados relativamente aceptables, debemos reconocer que una gran parte de nuestra actividad parental ha estado guiada por un especie “de piloto automático”. Este pilotaje corresponde a una especie de mecánica espontanea casi inconsciente que nos permitió responder a las necesidades fundamentales de nuestras crías , que no solamente son múltiples sino que además son evolutivas, es decir van cambiando con el desarrollo de los hijos. Al tomar consciencia de lo complejo y difícil que es ser padre o madre no nos que da mas que inclinarnos con admiración y respeto frente a lo que nuestro propios padres nos han aportado. El haber hecho lo que pudieron con lo que tenían, permitiéndonos no solamente el vivir sino el poder de desenvolvernos socialmente y acceder entre otras cosas a la parentalidad les da el derecho al reconocimiento y la exoneración por nuestra parte por los errores faltas o descuidos que pudieran haber cometido con nosotros.
Por otra parte nuestro trabajo con adultos que conocieron cuando niños y jóvenes una parentalidad totalmente insuficiente y muchas veces destructiva en sus familias de origen, sin que además se les protegiera y ayudara por parte del sistema social nos ha permitido constatar el como estas experiencias pueden destruir lo recursos naturales que cualquier animal posee para cuidar a sus crías. Resiliencia y bienestar infantilEl concepto de resiliencia es aplicable tanto a los padres como a los niños. La resiliencia puede definirse como la capacidad o recursos para mantener un proceso normal de desarrollo a pesar de las condiciones difíciles en que se viven o se han vivido.
La resiliencia es un concepto que nos interesa desde su perspectiva dinámica e interaccional; no como un factor individual independiente del entorno, sino influido por las condiciones de ese entorno.
La resiliencia es un concepto interactivo: puede haber una parte que depende de aspectos constitutivos del individuo, pero también se ve influido por lo que recibe del entorno. Diferentes investigaciones sobre este fenómeno han permitido establecer una lista de factores relacionales que facilitan la emergencia y el desarrollo de la resilencia:Factores que promueven la resiliencia :a) Apego seguro: selectivo (con una figura significativa) y con capacidad para establecer apegos múltiples (familiaridad).
b) La toma de conciencia de la realidad individual, familiar y social, por parte del niño, por mucho que sean difíciles o duras de elaborar. Cuanto más precozmente conozca un niño su realidad, más capacidad va a tener para elaborarlas e integrarlas adecuadamente.
c) Apoyo social: relaciones informales, participación en actividades comunitarias...
d) Aportes materiales para contrarrestar el círculo vicioso del drama de la pobreza.
e) La escuela y los procesos educativos extrafamiliares.
f) Compromiso religioso, social y político.El concepto de resiliencia nos sirve no solo como guía para ayudar a los niños y sus padres en el sentido de apoyar sus recursos naturales, sino que además son criterios para evaluar nuestras propias capacidades resilientes en tanto adultos. En general podemos considerar resilientes a aquellos adultos capaces de proporcionar apoyo en uno o el conjunto de niveles que se mencionamos a continuación:· Ofrecer vinculaciones de apego sanas, comprometidas y continuas.
· Facilitar y participar en procesos toma de conciencia y simbolización de la realidad familiar y social por muy dura que esta sea, para buscar alternativas de cambio a través de dinámicas sociales solidarias y realistas.
· Ser capaz de proporcionar apoyo social, es decir aceptar de ser parte activa de la red psico-socio afectiva del niño y de sus padres.
· Participar en procesos sociales para obtener una mejora en la distribución de los bienes y de la riqueza para así ofrecer ayuda para paliar situaciones de pobreza
· Promover y participar de procesos educativos que potencien el respeto de los derechos de todas las personas especialmente de los niños y niñas, así como el respeto por la naturaleza.
· Participar y promover la participación de los niños y niñas en actividades que les permitan acceder a un compromiso social, religioso o político para lograr sociedades mas justas , solidarias y sin violencia.Bienestar infantil y aportes comunitarios En lo que se refiere al aporte de la comunidad, podemos afirmar que las políticas públicas de protección infantil son los recursos específicos que una sociedad pone a disposición de las familias para contribuir al buen trato infantil, esto :· influenciando positivamente las competencias parentales (promoviendo su adquisición o mejora)
· apoyando a las familias en la cobertura de las necesidades infantiles de sus miembros.Por otra parte en el caso de familias cuyos padres no poseen las competencias parentales y como consecuencia dañan a sus hijos las políticas de protección deben contener, por una parte programas específicos para evaluar estas incompetencias parentales y por otra parte evaluar las necesidades especiales de estos niños dañados por estas incompetencias. Esto, para proporcionar los recursos terapéuticos necesarios.El daño producido por los malos tratos no sólo se refiere a los diferentes traumatismos que el niño sufre, sino también a obstáculos importantes a sus procesos de crecimiento y desarrollo como buenas personas. Por otra parte en diferentes escritos hemos mostrado que el sufrimiento y los traumatismos de los niños(as) maltratados es la consecuencia de una de las formas más patológicas y abusivas de la comunicación humana.

La víctima no sólo es maltratada, descuidada, abusada, sino que además debería “agradecer” a los adultos por el daño que le hacen y para colmo, asumir la culpa de lo que le ocurre. En esta dinámica, las víctimas pueden sufrir un verdadero proceso de “lavado de cerebro” cuyo contenido puede resumirse en las formulaciones siguientes: Te amamos, te maltratamos, es normal, cállate”, “si te hacemos daño es por tu culpa, además es por tu bien”, “te descuidamos, pero como somos tus padres no puedes cuestionarnos”, “ te abusamos sexualmente para ayudarte a gozar de tu sexualidad”. El niño o niña maltratada no solo es designada como culpable por sus maltratadores , es además forzada a aceptar esta designación y en muchos casos la actúa de una forma casi perfecta a través de sus trastornos conductuales. Esto puede llevar a que determinados adultos, no sean capaces de traducir esos trastornos como mensajes desesperados de sufrimiento y comuniquen con los niños reforzando la designación familiar y social que son ellos los culpables y no el contrario. Es probable que estas representaciones se expresen por el poco interés de algunos adultos e incluso profesionales de la infancia, por el sufrimiento infantil, o por la toma de medidas que no les protegen sino que perpetúan su situación, o en muchos casos al desarrollo de conductas hostiles y punitivas de la parte de estos profesionales camufladas por discursos seudo científicos , como la necesidad de limites, o la restauración de la autoridad que esconden el sufrimiento emocional de las personas implicadas y que impiden una elaboración constructiva de estas.

Desgraciadamente, en protección infantil son aun muchos los efectos iatrogénicos que los niños (as) pueden sufrir haciendo que el sufrimiento de la intervención se transforme en un traumatismo que se agrega a los traumatismos sufridos en la familia. Casi siempre las víctimas infantiles no tiene la posibilidad de denunciar y corregir las incoherencias y las injusticias de las intervenciones que intentan ayudarles. En general están a la merced de los adultos que intentan ayudarles y en la mayoría de las veces deben asumir la responsabilidad del dolor provocado por los errores de los profesionales y la impotencia en que los viven. En relación a esto uno de los objetivos terapéuticos de las intervenciones de protección debiera ser el permitir que los niños sean siempre sujetos de las intervenciones, teniendo la posibilidad de transformar las vivencias traumáticas en experiencias elaborables. Para esto deben ser ayudados a tomar consciencia, no sólo de las dinámicas abusivas intrafamiliares que les han hecho daño, sino que también de las incoherencias de los sistemas proteccionales y judiciales que tienen la responsabilidad de ayudarles así como de las malas practicas de los profesionales.
Nuestro discurso emerge de la necesidad de considerar los malos tratos infantiles como una consecuencia de la incapacidad o incompetencia de los adultos de brindar buenos tratos a las crías. Por lo tanto los malos tratos infantiles, emergen cuando no existen recursos suficientes para asegurar los buenos tratos que cualquier niño se merece. En nuestro modelo el concepto de buen trato nos conduce al de bienestar infantil, es decir el resultado que resume el cumulo de aportes, situaciones e experiencias que garantizan el desarrollo sano e integral de un niño o una niña.


LA UTILIDAD DEL ENFOQUE ECO-SISTEMICO Y EL TRABAJO EN REDES EN LA PREVENCION Y EL TRATAMIENTO DE LAS CONSECUENCIAS DE LOS MALOS TRATOS INFANTILES.
por Jorge Barudy

 

 

 

 

 

 

 

Mi discurso intenta argumentar que el sufrimiento infantil es en gran parte el resultado de la incompetencia del mundo adulto en satisfacer las necesidades de los niños y niñas

 

El desafío para cualquier programa que pretenda dar una respuesta integral al sufrimiento de los niños maltratados deberá optar por el desarrollo de prácticas de redes que, movilicen el conjunto de recursos institucionales, profesionales y familiares existentes.
Todo esto para desarrollar acciones que contrarresten los efectos de la violencia en las víctimas, introduzcan la ley y el respeto de los derechos en la familia y permitan la rehabilitación de los agresores.
El enfoque ecosistémico de un fenómeno complejo como es el caso de los malos tratos a los niños y su intervención a través de prácticas de redes, nos planteó el desafío de encontrar un procedimiento de intervención que asegurara, no solamente una coherencia en una atención no violenta de las familias que provocan maltrato, sino que además protegiera a los profesionales del riesgo del síndrome de agotamiento profesional (Burnout), que los autores españoles llaman el síndrome del Queme. (Masson O.1990. Arruabarrena M. I. 1995).
Esto explica que una parte importante de nuestros esfuerzos se hayan destinado también a elaborar procedimientos que permitan a los diferentes profesionales, implicados en el tema de maltrato, funcionar en redes que sean auto-protectoras. Tan importante es proteger a los niños como a las personas que ayudan a mejorar la protección de estos niños. Los sistemas institucionales deberían tener siempre presente que el recurso fundamental de la prevención y el tratamiento del maltrato infantil es la persona del profesional; por lo tanto, todo lo que se pueda hacer para cuidarle es una forma directa de ayudar a la infancia. Un profesional de la infancia que se quema significa no solamente una pérdida importante en términos del costo económico que implica su formación y experiencia, sino sobre todo una pérdida de años de experiencia y competencia, garantía de una intervención adecuada en casos de maltrato. La intervención en estos casos implica siempre situaciones conflictivas para los profesionales, en la medida que éstos deben introducirse de una manera más o menos agresiva en la vida de una familia, cuestionando sus representaciones, sus mapas del mundo, la manera en que ellos resuelven sus conflictos, satisfacen sus necesidades, cuidan y educan a sus niños.

La intervención social, judicial y terapéutica puede y debe ser agresiva, pero nunca violenta. Los profesionales comprometidos con la protección infantil deben tener una ética que les permita actuar con mucha firmeza y eficiencia para asegurar la vida y el bienestar de los niños, evitando de todas las formas posibles que esta fuerza agresiva, necesaria para realizar la tarea, se transforme en una fuerza destructiva o violenta.

Basándonos en nuestra experiencia, afirmamos que para poder trabajar en este campo los profesionales deben manejar la agresividad de una forma ritualizada, es decir, controlada para ponerla al servicio de la defensa de las necesidades y derechos de los niños. Los procedimientos de intervención que proponemos en casos de maltrato, es una forma de coordinar y movilizar los recursos existentes en una red de profesionales, permitiendo la ritualización. En nuestra práctica, la organización de redes de profesionales a partir de una instancia que cumpla el rol de facilitador y coordinador de los recursos humanos - metasistema- ha sido y es uno de los medios y objetivos principales de toda nuestra acción terapéutica y preventiva.


I. La organización en red de los sistemas profesionales.

La práctica médico psicosocial nos confronta no solamente al manejo de problemas complejos, sino también a la gestión de una cantidad enorme de personas e instituciones deseosas de ofrecer soluciones a veces discordantes a estos problemas.

Así, por ejemplo, en las situaciones de maltrato infantil, muchas veces la falta de organización y de concertación de los diferentes niveles institucionales implicados en la propuesta de una solución, complica o agrava la situación de violencia del menor. Esto nos lleva a decir que muchas veces, la solución propuesta de este modo es peor que el problema. Por lo tanto, uno de los desafíos de cualquier programa de este tipo es facilitar un proceso de organización de los diferentes niveles institucionales y de recursos profesionales que asegure la creatividad y la competencia de cada una de estas instancias. Esto ha de hacerse a través del respeto a las diferentes misiones de cada nivel, creando así una dinámica colectiva que, sumando los recursos y las competencias, aporten lo mejor a cada niño y a su familia. Se trata de que cada uno se sitúe en un conjunto de manera que a través de un compromiso solidario y concertado, se garantice el intercambio de información y la creatividad de todos los participantes de una red.
El elemento fundamental que debe animar estos procesos colectivos es la acción basada en la creatividad individual asociada a una dinámica colectiva. Hay que cambiar la idea de que cada profesional tiene una parte del trabajo, por la noción de todos juntos participando colectivamente en la co-construcción de un modelo que permita una mejor utilización de recursos y competencias. Todo intento de organizar una red de profesionales tiene ya un impacto preventivo sobre la violencia, en la medida en que esta organización permite la emergencia de rituales entre los diferentes profesionales contribuyendo a mejorar la gestión de su propia implicación emocional y del estrés provocado por el contenido de las situaciones de maltrato y por ende previniendo la violencia institucional(Barudy, J. y col., 1991).


Un modelo integral de intervención socio-judicial y de terapia.

La prevención y la terapia de los malos tratos deben ser comprendidas como un conjunto de acciones que se estructuran como un proceso donde se trata de influenciar en las dinámicas violentas en tres momentos diferentes de su evolución:

Un programa puede comenzar ya sea por: acciones de prevención primaria, es decir, actuar sobre las causas que generan el maltrato; acciones de prevención secundaria, a través de la detección y tratamiento precoz de casos de maltrato; o por acciones de prevención terciaria, o sea, reducir la proporción y la gravedad de las secuelas.
Uno de los objetivos estratégicos de un modelo integral de intervención es detener o influenciar de una forma positiva en lo que hemos llamado "el círculo vicioso" de la transmisión familiar y transgeneracional, sin olvidar los factores del medio ambiente que facilitan esta transmisión. En una perspectiva sistémica, los cuidados dados al niño maltratado tendrán un impacto preventivo en la medida que la acción terapéutica evite que éste se transforme en un padre o una madre maltratadora o negligente.
Un modelo integral tiende también a que los padres, ayudados por los cambios intrafamiliares producidos por los programas terapéuticos, acepten participar en dinámicas asociativas de autoayuda para colaborar de esta manera en la sensibilización de otros padres a partir de sus propias experiencias sobre factores de riesgo y métodos alternativos a la violencia intrafamiliar. La idea fundamental de un Programa Integral es que el bienestar infantil o la "felicidad de un niño" no es nunca un regalo, sino una tarea siempre incompleta, nunca perfecta ni definitiva, que es mucho más que un proceso puramente individual y familiar; debe ser el resultado de la acción de toda una comunidad. Es por eso que en nuestro enfoque, la erradicación del maltrato infantil tiene que proyectarse dentro de una perspectiva comunitaria, refiriéndose a la noción de comunidad como la de un sector geográfico o la del barrio, cuya definición equivale a lo que algunos autores llaman el "mesosistema", o sistema intermediario, es decir, el espacio de vida de las familias donde se articula la vida privada y la vida social. Así, por ejemplo, el barrio corresponde como medio a este "mesosistema", en el cual se desarrolla la vida cotidiana de un grupo de personas en estrecha relación con diferentes instituciones que, interactuando con estas familias e influenciándose mutuamente, tienen como misión promover el bienestar y la salud del conjunto.
Las instituciones comunitarias que abarca nuestro modelo corresponden a los siguientes ámbitos:

1.- Atención médico- psico-social
2.- Ambito escolar.
3.- Las instituciones responsables de garantizar la protección infantil, ya sea los servicios sociales de protección y/o los sistemas judiciales.

Se trata de movilizar los recursos de salud, educación y justicia señalando que cada una de ellos tiene tareas específicas, pero organizadas alrededor de una finalidad común: asegurar el bienestar de los niños y el respeto a la vida, desarrollando estrategias conjuntas para prevenir y tratar el maltrato infantil.
Esta idea de comunidad se amplía cuando se consideran las minorías culturales presentes en una sociedad. En este sentido, se debe hablar también de comunidad, pero en este caso refiriéndose a los vínculos culturales particulares que cohesionan a los miembros de un grupo que pertenecen a un sistema cultural singular.
Estos conjuntos de personas organizados en una comunidad que se influencian mutuamente, ya sea por el hecho de cohabitar en un espacio geográfico (un barrio) y/o porque tienen vínculos culturales (una comunidad cultural) o por ambos, tienen recursos y problemas comunes alrededor de los cuales es posible facilitar dinámicas donde las personas implicadas tomen conciencia de estas dificultades, de sus causas y sus potencialidades para asumir las posibilidades de cambio. La organización de un tejido social en torno a una tarea colectiva constituye una red social, a diferencia de una comunidad en torno a la red social que existe solamente en una forma latente. Su concretización como realidad operacional depende de la capacidad de un núcleo de personas o de instituciones que sean capaces de movilizar y organizar la comunidad alrededor de acciones destinadas a prevenir o tratar un problema.


Un modelo piramidal de organización de una comunidad.

Hemos concebido en el desarrollo de un Programa de Prevención y Tratamiento de Maltrato la posibilidad de organizar múltiples redes que corresponden a diferentes niveles de intervención. Los niveles propuestos en nuestro modelo se organizan en una pirámide (Marconi J., 1971) que representa las diferencias jerárquicas en relación a las finalidades, mandatos y tareas de los profesionales que pertenecen a cada uno de estos niveles. Estos se integran en un modelo global, como modo de asegurar interacciones complementarias que respeten las competencias de cada uno.

La organización jerárquica se establece a partir del nivel 1 que corresponde al de mayor especialización, hasta el nivel 5 que es el menos especializado en la gestión de casos de maltrato. La organización de cada nivel se realiza a partir de lo que llamaremos "los objetivos operacionales mínimos", es decir, acciones simples, pero que tienen un impacto facilitador de cambios de las situaciones de maltrato.


Organización de las diferentes tareas según cada nivel:

Nivel 1: Equipo especializado o meta-sistema coordinador que corresponde en Bélgica al Equipo S.O.S. Enfants-Famille, encargado de la formación y coordinación de los niveles 2 y 3, con el fin de movilizar los recursos profesionales de esos niveles para la gestión de situaciones de maltrato y acciones preventivas. El equipo especializado tiene como misión específica, la validación y el tratamiento de las consecuencias del maltrato en sus diferentes formas, ya sea en sus aspectos médicos, psicológicos, relacionales y sociales, que por su complejidad y gravedad no puedan ser tratados en otros niveles. Por su grado de especialización, este nivel tiene además la responsabilidad de desarrollar investigaciones sobre las causas y consecuencias de los diferentes tipos de maltrato, así como sobre la eficacia de los modelos de tratamiento y prevención.

Nivel 2: Corresponde a la red de profesionales de servicios pediátricos, de salud mental, medicina y psicología escolar. Tienen la responsabilidad de movilizar y organizar los recursos de los niveles 3 y 4. Los profesionales de este nivel participan activamente en la validación de las diferentes situaciones de maltrato que se presentan en su medio, así como en la organización de los programas terapéuticos destinados al niño y su familia. Además, los profesionales de este nivel intentarán desarrollar actividades preventivas, utilizando los recursos existentes en su área. Es importante que se utilicen estos ámbitos para ofrecer protección al niño o desarrollar acciones dirigidas para movilizar los recursos sociales y judiciales, con el propósito de asegurar la protección del menor una vez realizada la validación del maltrato.

Nivel 3: Este nivel, que corresponde al nivel de la atención primaria, los profesionales tales como profesionales de la salud, de educación, agentes de socialización y control social, es decir, policías, sacerdotes, etc., les corresponde fundamentalmente la tarea de detección precoz de situaciones de maltrato, al mismo tiempo que orientar e invitar a los padres, implicados en situaciones de violencia intrafamiliar, a consultar a profesionales del nivel 2, o si la gravedad y la complejidad del problema así lo requiere, a los equipos especializados. Los profesionales de este nivel desarrollan además acciones educativas destinadas a las familias y sobre todo a los futuros padres, además de localizar y formar a las personas y los recursos de una comunidad para organizar el nivel 4 de la estructura piramidal.

Nivel 4: Compuesto por los que llamaremos “los líderes formales de una comunidad” (las organizaciones de padres, así como dirigentes o personas significativas de los organismos sociales). Tienen la tarea de sensibilizar al conjunto de la comunidad a través de campañas educativas y organización de grupos de reflexión, relacionados por la prevención de la violencia intra-familiar.

Todos los miembros de este nivel participan de la comprensión ecosistémica del fenómeno del maltrato, motivando y orientando a las familias que presentan situaciones de riesgo para sus niños, hacia un equipo terapéutico, es decir, hacia los profesionales organizados en los niveles 2 y 1. Al mismo tiempo, los miembros de este nivel apoyan y facilitan experiencias de autoayuda destinadas a los padres.

Nivel 5: por último, este nivel corresponde a la comunidad organizada y sensibilizada a través de las diferentes acciones desarrolladas por el nivel 4. Le compete ser difusora de información sobre los recursos existentes para atender a las familias. Además, los miembros de la comunidad se comprometen y trasmiten la información a otras familias sobre las consecuencias nefastas de la utilización de la violencia sobre el niño, tanto a nivel físico, psicológico como sexual, difundiendo además la información psicopedagógica transmitida por el nivel 4, que previene la utilización de la violencia sobre los niños. Esto, proporcionando contenidos para una mejor comprensión de los elementos que componen la relación adulto- niño, y para un control educativo de las situaciones y comportamientos de los niños que son vividos por los padres.

El programa de intervención socio -jurídico y terapéutico

Nuestro Programa de Intervención está basado sobre dos postulados que emergen fundamentalmente de una reflexión ética. El primero es que nadie, cualquiera que sea su circunstancia, por muy dramática que haya sido su historia social y familiar, tiene el derecho de utilizar, maltratar, abusar, o descuidar a un niño. En consecuencia, el primer deber de todo profesional y de todo ciudadano es actuar para restaurar el respeto a todo ser vivo, especialmente el respeto a todos los seres humanos, particularmente a los niños. El segundo postulado es que "el bienestar del niño" no es nunca un regalo o el efecto de la buena o mala suerte; al contrario, el bienestar infantil es una producción humana, esfuerzo del conjunto de una sociedad.

La estrategia terapéutica será diferente si el maltrato es producido por una familia suficientemente sana, que sobrecargada por una situación de crisis se encuentra en la incapacidad de manejar la agresividad dentro del sistema, provocando comportamientos de maltrato que afectan a los niños, o si se trata de un sistema familiar que produce maltrato infantil de una forma crónica y a menudo transgeneracional, donde éste es precisamente la expresión de una ausencia de crisis evolutiva en el desarrollo histórico de estas familias.

La intervención terapéutica en casos de crisis

Cuando la familia produce comportamientos de maltrato como consecuencia de una situación de crisis, o se torna inestable a causa de ella, produciendo una agresión física o sicologica a uno de sus niños, la red terapéutica tendrá como finalidad ayudar a la familia a controlar los componentes de la crisis, movilizando los recursos familiares y del entorno social para ayudar a la familia a encontrar un nuevo equilibrio. Aquí se trata, por lo tanto, de ofrecer una terapia a la situación de crisis. La recuperación terapéutica de la familia comienza cuando ésta encuentra en su entorno la solidaridad y los recursos necesarios para equilibrarse nuevamente. En esta situación, los padres son conscientes de estar sobrecargados por una serie de tensiones y de estrés, y son capaces de reconocer su violencia. Cuando se trata de una agresión extra-familiar por ejemplo, cuando el niño o los niños han sido agredidos por un agresor sexual extra-familiar los padres se muestran sensibles al sufrimiento y se identifican con el niño víctima. Por lo tanto, en este caso los adultos están o se presentan deseosos de ser ayudados y muchas veces son ellos mismos los que piden ayuda a los diferentes servicios existentes. A pesar de sus comportamientos violentos, han mantenido su dignidad y pueden diferenciar entre sus comportamientos habituales y aquellos provocados por el desbordamiento como consecuencia de la crisis.
Antes de provocar un funcionamiento maltratador, estas familias funcionaban como familias suficientemente sanas, poseedoras de una organización armoniosa asociada con imágenes positivas que los diferentes miembros de las familias habían podido construir a través de su historia. Esto es lo que permite a los padres tener acceso a una autocrítica en relación a su gesto, dando a los niños la posibilidad de expresar su sufrimiento y de manifestar un rechazo a la situación de maltrato de la que son víctimas. Con un apoyo exterior, es posible provocar los cambios necesarios para que se establezca otro modo de comunicación, haciendo desaparecer el riesgo de comportamientos de maltrato.
Cualquier familia suficientemente sana puede presentar comportamientos maltratadores en situaciones de acumulación de tensión y estrés que sobrepasan su capacidad para enfrentar y regular la agresividad provocada por estos factores. Los comportamientos maltratadores son generalmente físicos, a veces tensión emocional y manifestaciones de descuidos temporales, pero nunca de abuso sexual. El abuso sexual es siempre producto de una fenomenología crónicamente maltratadora.

La intervención socio-judicial y terapéutica de las dictaduras familiares
El segundo grupo de familias corresponde a lo que hemos llamado las “familias crónicamente maltratadoras” o “transgeneracionalmente maltratadoras”, en las cuales los procesos de maltrato juegan un rol homeostático porque mantienen "una cultura familiar" que se transmite de generación en generación. La violencia intra-familiar es aquí la consecuencia de una ausencia de posibilidades de cambio, un modelo de funcionamiento repetitivo de una estructura familiar a menudo rígida y petrificada. En estos casos, las posibilidades terapéuticas comienzan por la producción de una crisis generada por una intervención que proviene del ámbito socio judicial. Nuestra experiencia con este tipo de familias nos ha enseñado a valorar la utilidad de la crisis social como instrumento terapéutico. Se trata aquí de desequilibrar el orden familiar violento desde lo social, pero al mismo tiempo ofrecer un encuadre terapéutico favorable a la familia, para permitirle que evolucione hacia un nuevo estado de funcionamiento no violento. (Barudy, J., 1991)
A diferencia de este grupo familiar con el anterior, los padres no tienen ninguna conciencia del carácter abusivo de sus comportamientos, considerándolos como normales y legítimos, por lo tanto, no tienen ninguna demanda de ayuda y son refractarios a cualquier tipo de intervención. En este sentido, el primer desafío que presentan estas familias es el de tener que ayudarles en una situación paradojal creada por la "coacción" social y/o judicial. Por otra parte ,uno de los requisitos para una alianza terapéutica entre los miembros de la familia, particularmente los padres y los terapeutas, es la confidencialidad. Para enfrentar esta situación y asegurar la protección de los niños por una parte y ofrecer una ayuda terapéutica coherente, nuestro modelo separa en dos fases y momentos la intervención terapéutica: (Barudy, J., 1994).
a) La intervención social terapéutica;
b) La terapia con la familia..
Cuando este proceso es coordinado a partir del ámbito terapéutico, conviene que sea conducidos por equipos de profesionales diferentes que corresponden a los niveles 1 y 2 del modelo de organización piramidal. Por ejemplo una diadas psico-sociales formadas por un(a) psicólogo y un (a) trabajador social. Esta diada es designada por la red, o por el equipo especializado, en concertación con los recursos profesionales del nivel 2 y a veces del nivel 3.
Una diada se encarga de conducir la intervención socio-judicial de la familia, y otra diferente ofrecerá mas tarde un encuadre psicoterapéutico si existen las condiciones para hacerlo.
El vínculo entre estos dos momentos está constituido por lo que llamaremos “el ritual de derivación”, que corresponde al momento en que el equipo que intervino la familia, la deriva al equipo terapéutico en una sesión en presencia del todo el mundo.
Es importante además que los diferentes profesionales que conocen a la familia y que constituyen a menudo una parte del entorno social de ésta, sean contactados o movilizados por los profesionales encargados de la intervención social terapéutica, para un intercambio permanente con ellos coordinando las informaciones y los recursos de ayuda existentes en estos niveles.
La red debería siempre contar con un equipo que hemos llamado de "Servicios Generales", para apoyar los equipos de intervención. Este Servicio esta formado por un psiquiatra, un pediatra y un abogado. Estos profesionales constituyen una fuente importante de recursos tanto para la unidad de intervención social como para la unidad terapéutica de la familia . Por ejemplo, el psiquiatra es un recurso fundamental para diagnosticar las patologías psiquiátricas de los padres, el pediatra para manejar la hospitalización de los niños, y el abogado para coordinar los contactos del equipo de intervención con las autoridades judiciales y/o administrativas, responsables de la protección de los menores y del procesamiento de los padres.
Una de las ventajas de la existencia de equipos especializados en una sociedad ,es poder ofrecer recursos de coordinación al conjunto de los profesionales que trabajan en la red en una área. En ausencia de estos equipos especializados, la organización y coordinación de los recursos existentes requiere de mayor esfuerzo. La dificultad en esta situación es llegar a un consenso para determinar cual institución y que profesionales son los mas aptos para intervenir a nivel socio judicial, quienes para ofrecer apoyo terapéutico a los diferentes miembros de la familia y quienes para ofrecer los Servicios Generales.
Otro desafío en ausencia de equipos especializados es la organización y coordinación de todas estas unidades con las estructuras administrativas y judiciales responsables localmente de la protección de los niños.

La restauración de la ley a través de la Intervención Social y/o Judicial

En nuestro modelo de intervención, distinguimos tres alternativas sobre para obtener la protección de los niños y la restauración de la ley. en la familia

A) Una intervención a través de la autoridad simbólica de los profesionales (médico, psicólogo, asistente social) sin participación del sistema judicial.
B)Una intervención a través de la justicialización, es decir el señalamiento de los hechos abusivos a la justicia.
C) La creación de espacios intermediarios para la evaluación y el pronostico de la situación.

A) La protección infantil y la restauración de la ley a través de la autoridad del Terapeuta.
La idea de desjusticializar el manejo de la situaciones del maltrato infantil, es uno de los enfoques en boga en algunos países europeos. Esta opción intenta evitar la victimización secundaria de las niños provocada por los procedimientos judiciales. Al mismo tiempo de ofrecer una alternativa de rehabilitación a los padres agresores exclusivamente a de una ayuda terapéutica. Este enfoque defiende la idea que en casos de maltrato en donde los padres no tienen como propósito dañar a sus hijos, pero no conocen otro modo de relación con ellos, es posible asegurando la confidencialidad terapéutica a los participantes del drama del maltrato de obtener cambios favorables.
En nuestro programa aplicamos esta concepción, solo en caso que los adultos de la familia pueden asegurar la protección de los niños, evitando las recaídas y comprometiéndose al trabajo terapéutico con los miembros de nuestro equipo. En la de la situación se pone un énfasis especial en conocer el grado de plasticidad de la familia tanto en sus posibilidades de cambio de su funcionamiento, como en sus recursos para integrar la noción de la ley.
El instrumento para lograrlo es la autoridad del terapeuta, basada en su rol, en su mandato y sobre todo de su competencia.
La Autoridad de un terapeuta se transforma en posibilidad de cambio, solo sí los padres abusadores reconocen la necesidad de ser ayudados. Es decir, para que esto ocurra la relación formal de autoridad debe transformarse en una relación interpersonal significativa, donde el terapeuta es reconocido, en su autoridad psicológica y en su discurso, como representante simbólico de una ley social alternativa a las leyes familiares abusivas.
Esto es posible, en nuestro modelo por ejemplo, en familias en donde los adultos se transformaron en maltratadores en un momento de crisis del sistema familiar. A pesar de los gestos violentos reconocen la ilegalidad de sus actos y están abiertos y dispuestos a recibir la ayuda necesaria para superar la situación.(Barudy 1991)
Otra situación puede ser, en los casos de familias negligentes, donde los niños son abusados por carencia de cuidados más que por malos tratos. En estos casos la autoridad y el discurso del profesional puede ser reconocidos como fuerzas dinámicas (dependiendo de la voluntad y la capacidad de los padres "negligentes") para aceptar la ayuda necesaria que les permita mejorar sus competencias parentales.

B) La justicialización como necesidad terapéutica.
Como ya lo hemos enunciado anteriormente, desgraciadamente existen situaciones trágicas en donde la violencia familiar y en particular los maltratos y los abusos sexuales son el resultado de un modo de vida, casi siempre transgeneracional. Lo que implica que estos gestos son la única forma que los adultos han encontrado, para estar en el mundo y reproducir su mundo.
El drama de estos adultos, radica en que están atrapados en número limitado de creencias y comportamientos que los empujan a transgredir repetitivamente las leyes fundamentales que protegen la vida y la integridad bio-sico-social de los niños.
En estos casos la autoridad y la palabra del terapeuta no es suficiente para introducir dinámicas de cambio e integración de la ley.
Es solo la crisis, resultado de la confrontación con la autoridad del sistema judicial, en tanto poder formal legítimizado en una estructura institucional de la sociedad, que podrá restituir la legalidad social al interior de la familia abusadora.
En esta perspectiva, la articulación entre servicios terapéuticas y los servicios judiciales aparece como necesaria para asegurar con la fuerza de la ley, la protección de los niños, el enjuiciamiento de los comportamientos abusivos y abrir las posibilidades de un proceso de rehabilitación para los abusadores y maltratadores.
Para que esto sea posible el sistema judicial debe justamente hacer justicia, permitiendo el debate contradictorio entre las partes implicadas, al mismo tiempo que proteger el derecho a la defensa considerando sobre todo al niño en sus derechos y en su difícil situación de ser niño o niña y además hijo o hija de sus padres maltratadores y/o abusadores.
Esto plantea cambios profundos en la lógica judicial "adultista" tal cual se práctica en la mayoría de los países. Cada sociedad debe responder el desafío de crear instrumentos para que el niño o niña tenga un verdadero lugar en los procesos judiciales. Así, por ejemplo considerar que lo que el diga, (y no solo lo que muestre) como pruebas a su favor. Algunas medidas ya existentes, como considerar el testimonio de los niños como prueba o la designación de un abogado para los niños, son cambios alentadores en el este sentido de una justicia más justa para los niños. Una experiencia piloto llevada a cabo desde hace dos anos por la fiscalia de Bruselas que consiste en haber incorporado psicólogos a sus servicios, quien con un policía ad-hoc recogen el testimonio de los niños maltratados y/o abusados sexualmente. Esta declaraciones son al mismo tiempo filmadas en video y el adulto maltratador es interrogado a partir la confrontación con el video. Esto evita a la victima dos experiencias altamente traumáticas: la que tener que repetir varias veces su declaración y el careo con sus agresores.
En este tipo de alternativa los miembros de los equipos terapéuticos aseguran a largo plazo una ayuda terapéutica al niño y al conjunto de los miembros de la familia, abusadores incluidos. El proceso terapéutico no termina con la intervención judicial al contrario, esta crea el marco para iniciar une verdadera terapia, es decir una intervención basada en la justicia y en el respeto de los derechos de todos.
En el caso de nuestras prácticas, muchos años de trabajo clínico y de reflexión en torno al lugar de la ley en la intervención terapéutica en casos de maltratos graves y crónicos y en casos de incesto, nos han permitido gracias a la presencia de un jurista en nuestro equipo, dialogar con jueces y magistrados del sistema judicial de Bruselas. A través de esto, visualizar los puntos de intersección posibles entre lo judicial y lo terapéutico existentes ya en los procedimientos judiciales existentes.
A la hora actual, en Bruselas, la Fiscalía de menores y los jueces de menores, pueden exigir, por ejemplo, a un padre incestuoso de abandonar provisoriamente el domicilio familiar y motivar a éste y a la familia a un tratamiento terapéutico en nuestro equipo.
Por otra parte, poco a poco, los magistrados encargados de enjuiciar a los culpables, aceptan la posibilidad de la libertad condicional de los abusadores, a cambio de su participación en nuestro programa, así como medidas de remisión de pena, si existe una motivación seria de los abusadores de comprometerse en un proceso de cambio.
Los resultados alentadores de nuestras prácticas, nos convencen que una justicia aplicada justamente permite un nuevo marco de referencia para todos los implicados. En este marco los niños pueden resituar sus experiencias en un nuevo orden ético y moral, alternativo al mundo totalitario que habían conocido en sus familias. Al mismo tiempo que los abusadores tienen la oportunidad de replantearse sus concepciones abusivas, haciendo a través del dialogo terapéutico las relaciones necesarias entre sus gestos, los elementos dramáticos de su propia historia y las alternativas posibles para superar los diversos grados de determinismo histórico que los convirtieron en maltratadores y/o abusadores de sus hijos.

C) La creación de espacios Intermediarios.
En un gran número de situaciones es imposible evaluar, a corto plazo, los recursos, la receptividad y la plasticidad estructural de la familia frente a la intervención social. Así mismo es difícil evaluar los riesgos y las ventajas de la justicialización, para el cambio del funcionamiento familiar, y las necesidades de los niños.
Es por esto, que utilizando nuestra autoridad fijamos a la familia, un marco que nos permita el tiempo necesario para esta evaluación. En esta óptica fijamos un programa de trabajo evaluativo con los diferentes miembros de la familia, en condiciones que aseguren la protección de los niños víctimas del maltrato mediante dos vías.
a) La separación provisoria del niño de su familia, acogiéndolo en el servicio de pediatría, en una institución especializada en la acogida de niños en situación de crisis o en un programa de acogimiento familiar.
b) Exigir el alejamiento del maltratador y/o abusador sexual del seno de familia. Esta medida es adoptada en los casos que el otro padre, o una parte de la familia ampliada (abuelos, tíos, etc.) muestren características adecuadas para garantizar el alejamiento del abusador y la protección de los niños mientras dura el proceso de evaluación.
Son los elementos recogidos en este proceso de evaluación, reflexionados en el marco de nuestro trabajo interdisciplinario que nos permite decidir por la opción de trabajar con o sin marco judicial.

Los parámetros que utilizamos para optar por la justicialización son los siguientes:
1) El grado de vulnerabilidad del niño. Esta vulnerabilidad es determinada por una parte por la poca edad del niño y por otra parte por la ausencia de alternativas de protección en la familia misma y en el entorno familiar inmediato.
2) El carácter grave y repetitivo de los gestos maltratadores, de abandono y de abuso sexual y el grado de deterioro importante en la salud del niño.
3) Una dinámica familiar altamente disfuncional, sobre todo en lo que se refiere a la integración de la ley, así como la ausencia de motivación y de cooperación con la intervención social.
4) Trastornos graves de la personalidad de los adultos responsables de los cuidados del niño, por ejemplo toxicómania, alcoholismo, pedofília, psicosis, etc.

Los diferentes componentes de la intervención

Como ya hemos señalado, la intervención social terapéutica es un conjunto de acciones destinadas a preparar las condiciones para establecer un proceso terapéutico de la familia maltratadora, que consta de las siguientes acciones:

1. La detección y manejo de la revelación:
Es posible sólo gracias a la acción de los adultos, que en el entorno del niño, muy a menudo en el entorno escolar, son capaces de establecer relación entre las marcas físicas y ciertos comportamientos que expresan un sufrimiento en el niño, pudiendo deberse a situaciones de maltrato. Estos adultos son capaces de ofrecer a los menores espacios de comunicación donde éstos puedan, al reconocerse como víctimas, denunciar su situación.
Desarrollar en los adultos la capacidad de escuchar y apoyar a los menores que revelan los malos tratos de que son objeto, es una acción fundamental en toda organización que se proponga a ayudarles. Esto implica que todos los profesionales que pertenezcan al tejido no familiar del niño, sean capaces, a través de una formación pertinente, de reconocer los signos y síntomas que constituyen los indicadores directos e indirectos del maltrato infantil.
Manejar una revelación significa escuchar lo que el niño nos dice, o bien, interrogarlo en relación a nuestras inquietudes de una forma no sugestiva y respetuosa. Se trata de apoyarle ofreciéndole protección y al mismo tiempo una oferta de ayuda terapéutica para él y sobre todo para sus padres presuntos maltratadores. La escucha "no sugestiva" aparece como una necesidad fundamental, en la medida que los programas se desarrollan en colaboración con los sistemas judiciales. Puesto que la credibilidad del niño y la existencia de pruebas materiales son factores fundamentales en la acción de los Tribunales de Justicia, tanto para tomar medidas de protección como para procesar a los padres violentos, los profesionales nunca deben desestimar esta necesidad de una escucha no sugestiva. Es imperativo que los profesionales de los diferentes ámbitos organizados en una red tengan la capacidad de responder a las inquietudes del niño, abordando sus preocupaciones sobre lo que va a pasar con él y su familia, por el hecho de haber revelado la situación de maltrato.
Junto con romper la dinámica de la indiferencia, transmitiendo al niño nuestro interés por lo que le pasa, es importante asegurarle que nuestra intervención no está destinada a dañar ni a él ni a su familia, sino sobre todo a crear condiciones para que cambie su situación de niño maltratado. En este sentido, el niño deberá ser informado rápidamente de que es necesario señalar su situación al organismo competente, ya sea social o judicial, responsable de su protección.

2. La Notificación o el Señalamiento
A diferencia del proceso relacional del manejo de la revelación, el señalamiento o la notificación es un acto que consiste en trasladar el problema que afecta al niño del dominio privado al dominio social. Los profesionales que acogen el señalamiento de niños maltratados pertenecen habitualmente a un organismo, ya sea social o judicial, instaurado por la sociedad para garantizar la protección y ayuda a los menores que lo necesitan. A partir de nuestra práctica en los equipos S.O.S Enfants- Famille, hemos desarrollado un modelo de manejo de señalamiento que consiste en dos procedimientos: análisis del contexto y de la demanda de la denuncia, y el proceso de validación.

a) Análisis del contexto y del contenido de la demanda en el señalamiento:
Cada vez que se realiza un señalamiento a la autoridad competente tenemos que considerar que éste implica informaciones a diferentes niveles; el análisis de estos diferentes niveles corresponde a lo que llamamos “ análisis del contexto del señalamiento”. Por un lado, debemos considerar que todo gesto de señalamiento de una situación de maltrato expresa en primer lugar un carácter solidario y altruista del señalador. Por otro lado, no se debe olvidar que este señalamiento es una información sobre el carácter conflictivo de la situación en la cual se encuentra este señalador, esto puede ser expresión de sus propias angustias o de sus inquietudes en relación a las consecuencias que su gesto puede tener para él o ella, ya sea en el sentido de verse implicado en un procedimiento judicial donde no quiere participar, o bien ser el objeto de represalias por parte de los miembros adultos de la familia señalada. Esto explica la importancia que hemos dado en nuestro programa, a sostener y reconocer el gesto de aquél o de aquella que señala, pero al mismo tiempo de analizar con él o ella el contexto en el cual emerge este señalamiento, así como los riesgos visualizados por este señalador. Es de especial interés además analizar el contenido implícito y explícito de la demanda del señalador, en la medida que muchas veces éste de una forma implícita tiene también una proposición sobre la forma de cómo ayudar al menor y/o intereses en la situación. Por ejemplo, el señalador (a) puede estar en conflicto, ya sea con la persona señalada directamente como maltratadora y/o con el conjunto de la familia a la cual pertenece el menor.
Es importante considerar que el significado de un señalamiento depende del contexto en el cual éste se produce, así como de la persona que lo realiza. Por ejemplo, la dinámica de una madre en proceso de divorcio, señalando que su hijita le ha revelado un abuso sexual por parte de su ex-marido, con quien ella se encuentra en una situación de conflicto intenso por la custodia de la niña, es totalmente diferente al señalamiento de un profesor a quien un niño ha podido confiarle el contenido de su drama a partir de la confianza establecida con él. En estas dos situaciones, el manejo del señalamiento será totalmente diferente y el enfoque de ayuda dirigida al menor deberá tomar en cuenta esta diferencia de contexto. Es responsabilidad de los profesionales que trabajan en las instancias sociales examinar a través de una pauta de validación, los elementos que permitan confirmar la situación de maltrato, independientemente de la subjetividad y del clima emocional impuesto por el señalador.

b) El proceso de validación:
El proceso de validación consiste en establecer un procedimiento destinado a confirmar o informar el contenido de un señalamiento. No se trata de realizar un diagnóstico objetivo; a menudo en nuestros programas utilizamos el término de “convicción” para insistir sobre el hecho de que en la mayoría de las situaciones de maltrato, salvo el maltrato físico donde las marcas son evidentes, es imposible " objetivar" la existencia de malos tratos. La convicción es el resultado de lo que hemos llamado un proceso "subjetivamente científico" que se basa en el compromiso ético de los profesionales y en el análisis de los datos recogidos en el marco de una dinámica multidisciplinar.

La validación es un procedimiento destinado a:
* Afirmar la existencia de malos tratos, determinando su naturaleza.
* Determinar los factores de gravedad, que dependen del contenido de los malos tratos, del grado de daño sobre el niño así como de los riesgos de reincidencia. Todo esto servirá para determinar el grado de urgencia de intervención.
* Evaluar los aspectos disfuncionales de la dinámica familiar, sus recursos, así como su plasticidad estructural para determinar su posibilidad de cambio.
* Determinar el mapa de la red de instituciones y profesionales que se ocupan de la familia como de la red social informal.
* Proponer las medidas de protección del niño y la ayuda terapéutica más adecuada considerando al niño y su familia.

Parte importante de este procedimiento de validación descansa en la capacidad del profesional de poder realizar una entrevista de investigación no sugestiva, para permitir al niño de comunicar el contenido de su drama al cual puede estar sometido.

Las entrevistas de investigación
Las entrevistas con los niños se insertan en un proceso donde son necesarias numerosas sesiones. El profesional deberá resistir a las presiones de todo tipo para respetar el ritmo del niño tomando el tiempo que sea necesario. El niño tiene que ser recibido en un medio neutro, solo o acompañado de un adulto de confianza, sintiéndose todo el tiempo apoyado. La desdramatización es importante así como la transmisión de mensajes que le inspiren seguridad; mensajes como "Aquí recibimos a menudo a otros niños que han vivido lo mismo que tú y que tienen la misma dificultad para contarnos lo difícil de su situación...", ayudan al niño a que deposite la confianza en el adulto responsable de las entrevistas. El profesional siempre tendrá presente la necesidad de colocarse en el lugar del niño adaptando su vocabulario a su realidad así como su percepción del tiempo, tratando de disminuir su ansiedad en cada momento.

3. El desencadenamiento y el manejo de la crisis familiar

La confrontación de los padres presuntamente maltratadores con los resultados del proceso de validación, introduce una perturbación importante en el equilibrio de la familia. Es en este momento donde se expresa la disponibilidad de la familia a ser ayudada. La crisis familiar desencadenada por la intervención de los profesionales debe mantenerse mientras sea necesario para el quebrantamiento del funcionamiento violento y abusivo de los adultos de la familia. Mantener la crisis impide toda reestructuración familiar alrededor de la descalificación del discurso de la víctima o la negación de los hechos. Para obtener un resultado positivo de esta situación de crisis, hay que respetar una sucesión de etapas. Así, el resultado de la validación debe ser expuesto en un clima de firmeza y de respeto para las reacciones defensivas de la familia.
Para ilustrar este diálogo confrontantador con los padres, vamos a presentar el caso de una niña pequeña de 8 meses, hospitalizada en el Servicio de Pedriatría en estado inconsciente con fractura de cráneo y al mismo tiempo desprendimiento de las partes superiores de los húmeros de los dos brazos:

Profesional: Todo lo que nosotros sabemos es que Uds. trajeron a su hijita en un estado de inconsciencia, con una fractura de cráneo y una doble fractura de los bracitos que es el resultado seguramente de una situación de descontrol, como si alguien la hubiera tomado por los brazos y lanzado lejos. El resto son ustedes quienes lo saben. Pero para poder ayudar a su hijita y a ustedes es necesario saber la verdad.

Padres:"¿Cómo? yo no sé nada, yo no sé nada. Estábamos lavándola en el lavabo, no me acuerdo lo que pasó. Seguramente debió golpearse la cabecita en el lavabo, suponemos. Yo no sé muy bien lo que sucedió. La encontramos rara, lo único que recuerdo es haberle dado una palmada en el trasero, es lo más probable, ¡si, yo creo que le di una palmada, no me acuerdo!

Profesional: Lo más probable es que Ud. estaba tan enojado en ese momento que no se acuerda de lo que hizo.

Padre: ¿Qué es lo que quiere decir con eso? Nosotros no le hicimos nada a nuestra hija..

Profesional: Ud. estaba tan enojado, ella estaba llorando, Uds. no sabían que hacer y seguramente perdieron la cabeza.

Padre: Ya le he dicho, ya le he repetido mil veces , yo no he martirizado a mi hija, yo no soy ningún loco, no soy ningún sádico.

Profesional: Su hija recibió golpes y eso no paso así sin más.

Padre: Nosotros lo que queremos es que nos devuelvan a nuestra hija.

Profesionales: No es posible, para proteger a vuestra hija ella debe quedarse en el Hospital el tiempo que sea necesario y esto además es para protegerles también a Uds. Vamos a poner la situación en conocimiento del Juez de Menores para organizar con ellos la manera de ayudar mejor a su hija y para poder ayudarles. Estamos convencidos que de esta manera también los protegemos, porque se trata de su hija. Si Uds. hicieron esto es probable que fuera porque vivieron experiencias similares cuando fueron niños y seguramente nadie los protegió. Protegiendo a hija nosotros estamos dándole la ayuda que nadie les dio a ustedes en el pasado.

La constitución de una red de profesionales que funcione a largo plazo alrededor de cada familia que produce maltrato infantil, deberá crear una dinámica solidaria entre los profesionales y la familia; a este proceso le hemos llamado“Tribalización”. La red de profesionales deberá no solamente intercambiar sus competencias en términos de cuidado hacia la víctima y su familia, sino también asegurar la protección de las víctimas, confrontando a los responsables de esta violencia ante la ley a través de la concertación con sistemas judiciales y/o con las autoridades sociales responsables de la protección de los niños y motivando a los padres a participar en los procesos terapéuticos. Es necesario movilizar de una forma constructiva la red psicosocial afectiva del niño y la familia, es decir, a aquellas personas o sistemas informales que existen en la comunidad de pertenencia de la familia así como a los diferentes miembros de la familia ensanchada. He aquí un ejemplo concreto:

"La pequeña "M" de 7 años, de origen africano, menor de una familia de 4 niños, había sido señalada en diferentes ocasiones por la enfermera escolar y por los profesores, por presentar marcas de correazos en su cuerpo. Como consecuencia del último señalamiento, la enfermera decide contactarse con nuestro programa. La validación realizada por profesionales de nuestro equipo permitió establecer que la niña había sido maltratada por su padre en el cuadro de una dinámica educativa. La menor presentaba además trastornos de comportamiento desde que su padre se había vuelto a casar, debido a la muerte de la madre, después de tres años de enviudar. Después de haber hablado y llegar a acuerdos con un conjunto de profesionales que conocían la familia, decidimos convocar al padre y a la madrastra a una reunión para discutir las dificultades de la pequeña "M". Al mismo tiempo, pedimos al padre que invitara a todos los miembros de la familia que podrían ayudarnos en todo lo relacionado con sus dificultades familiares y con su hija. El día de la reunión, asistieron 17 miembros de la familia, lo que sobrepasó nuestras expectativas. Tuvimos que buscar sillas para todo el mundo. El desarrollo de la reunión fue muy constructivo, pues nos permitió comprender mejor las dificultades familiares relacionadas no solamente con la muerte de la madre de los niños y el nuevo matrimonio del padre, sino también con los elementos estresantes ligados a la situación de inmigración y la existencia de creencias educativas que justificaban la violencia. De esta manera, la pequeña fue acogida temporalmente en la familia de una hermana del padre, comenzando a su vez un trabajo terapéutico con la familia".

Para garantizar la protección de los menores, es necesario coordinarse con las autoridades administrativas y judiciales responsables de la protección; esto permite además mantener la crisis y dar el tiempo necesario para el establecimiento de cambios positivos en la familia. El marco judicial permite además un debate contradictorio entre las diferentes partes implicadas, asegurando el derecho a la defensa así como las posibilidades de rehabilitación para el adulto abusado (Wusttelfd P.A., 1992).

4. La Protección de los Niños

Ya se trate de una familia en crisis o de una familia crónicamente perturbada, los profesionales tienen como tarea fundamental valorar los riesgos que corren los niños y tomar las medidas necesarias para protegerlos; haciendo esto protegen también al conjunto de los miembros de la familia. Desde el momento en que los profesionales estamos al tanto de una situación de maltrato, somos también responsables de la vida del niño, de su protección y de la preservación de su desarrollo. Por lo tanto, la tarea de protección del menor es la punta de lanza de la Intervención Social Terapéutica. Esto se puede llevar a cabo de diferentes maneras. En su elección hay que considerar aquella que cause el menor daño posible al niño y que facilite el trabajo con los padres. Dicha modalidad se ha utilizado fundamentalmente en los casos de familias que provocaron maltrato en situaciones de crisis y por lo tanto se encuentran motivadas y movilizadas para colaborar con la acción terapéutica. La separación provisional del niño lo aleja temporalmente de su medio familiar maltratador, asegurándole cuidados sustitutivos de calidad, y dando a su vez el tiempo necesario para evaluar las posibilidades de la familia y del pronóstico en relación a un trabajo terapéutico a largo plazo.
La institución de acogida pasa así a ser parte del tejido social terapéutico. Por lo tanto, los educadores y los diferentes miembros de la institución son incorporados a la red como recursos terapéuticos importantes. En otros casos se tratará de acoger a la madre y a veces al padre con el o los niños en un hogar familiar. Esta medida puede ser muy útil sobre todo en el momento de la crisis provocada por el señalamiento.
La separación a largo plazo del niño puede ser una medida necesaria en situaciones de alto riesgo, que por su cronicidad y su amplitud crean un peligro para su vida y su desarrollo. Se trata aquí de situaciones de maltrato físico, negligencia y/o de abuso sexual que se producen en familias terriblemente deficientes y refractarias a la ayuda terapéutica. En este caso, la víctima se beneficia de un medio de acogida alternativo a la familia. Pero de todas formas hay que prevenir con todos los medios posibles la ruptura de vínculos entre el niño y su núcleo familiar.

En nuestro programa, hemos tratado de facilitar la creación y mantenimiento de vínculos entre la familia y el medio de acogida del niño, a través del proceso de tribalización, considerando a los miembros del medio institucional como una "familia ampliada adoptiva". Otra medida para la protección de los menores es el alejamiento del padre o de la madre abusador sobre todo en los casos de incesto. Esta exigencia protege a la víctima de eventuales recidivas, creando una distancia entre ella y su abusador que va a facilitar por analogía la experiencia de la diferenciación. Esta medida es muy importante puesto que evita la situación paradójica en la cual muy a menudo las víctimas deben ser internadas, es decir, son ellas las que tengan que salir de su medio familiar y vivir la experiencia de desarraigo. A la vez, dicha medida se convierte en un agente de crisis y al mismo tiempo en una apertura hacia el cambio permitiendo al mismo tiempo que cada subsistema en el seno de la familia tenga la posibilidad de vivir experiencias alternativas, especialmente en lo que se refiere a un acercamiento del padre no abusador con sus hijos.

B. El trabajo terapéutico con la familia
Corresponde al proceso consecutivo de la Intervención Social Terapéutica. Como ya se ha señalado, los padres de familias crónicamente maltratadoras tienen poca conciencia de ser maltratadores; para ellos, con frecuencia se trata de la única forma de relación con sus hijos que han conocido. A menudo estos padres tratan a sus hijos de la misma manera en la que ellos fueron tratados, por lo tanto, la protección del niño y el control de las situaciones de maltrato no son suficientes para potenciar un cambio y lograr que integren otras formas de comunicación que excluyan los actos violentos; hay que hacer todo lo necesario, entonces, para ofrecerles una ayuda que les permita conocer modos de relación y de comunicación en los cuales todos los miembros de la familia sean respetados.
El desafío del enfoque psicoterapéutico es facilitar este cambio usando todas las posibilidades de diálogo con estos padres. Una vez que la unidad de intervención social ha terminado su trabajo de validación, que el niño está protegido y la familia ha sido movilizada para el trabajo terapéutico, los miembros de esta unidad, en un ritual de derivación hacia el equipo terapéutico, presentan a los futuros terapeutas, en presencia de la familia, los elementos más importantes que los llevaron a intervenir. De esta manera, se co-construye un marco de trabajo psicoterapéutico que deberá permitir la confidencialidad del contenido de las sesiones a realizar, y al mismo tiempo mantener un control sobre el compromiso de la familia en este proceso. En esta reunión de derivación, los terapeutas deben asegurar a la familia que no saldrá del marco terapéutico ninguna información sobre el contenido de las sesiones, y que solamente los miembros de la unidad de intervención social así como las autoridades competentes sabrán si la familia continúa o no el trabajo terapéutico y si existe el riesgo de recaída. En los casos de terapia coactiva, bajo coacción judicial y/o administrativa, se precisa que los terapeutas no tendrán ningún contacto directo con esta instancia, siendo la unidad de intervención social la que mantendrá el contacto permanente con ellos.
Nuestro modelo terapéutico se basa, entre otros, en el concepto de "parcialidad multidireccional" introducido por Borzomengi-Nagy (1980). En este enfoque se trata siempre de transmitir al conjunto de la familia lo que llamaremos los “dobles mensajes terapéuticos”, compuestos por los mensajes siguientes:
“No podemos aceptar lo que los adultos han hecho a los niños, pero estamos seguros de que si hubieran podido evitarlo no lo hubieran hecho. Por lo tanto, esto debe tener una explicación; vamos a trabajar juntos para tratar de encontrarla. Vamos a encontrar en la historia de cada uno de los elementos que podrían ayudarnos a comprender lo que pasó. Comprender no quiere decir borrar lo que pasó y justificar el daño que Uds. provocaron a sus hijos, pero esto es sobre todo una posibilidad de liberarse del peso del pasado para poder decidir libremente cambiar. Nuestra experiencia con otras familias nos ha enseñado que a menudo los padres que no han podido amar correctamente a sus hijos no han sido ellos mismos amados. "No se puede dar lo que no se ha recibido". Si esto corresponde a su caso, pensamos que ustedes han sido víctimas de una doble injusticia, primero en tanto niños y en seguida en tanto adultos. Durante toda vuestra infancia , seguramente recibieron el mensaje de que eran malos y ahora están acusados de ser malos padres. Para salir de este círculo infernal de injusticia, vamos a tratar de ayudarles”
La terapia junto con la familia nos parece una dinámica social que debe dar a cada uno la ocasión de dialogar consigo mismo y con los otros miembros de la familia, directamente cuando se trata de miembros que fueron significativos en el pasado. A través de las sesiones familiares o a través de las sesiones individuales, de pareja o de las sesiones con los niños, cada uno va asumiendo su responsabilidad en la producción del drama, buscando individual y colectivamente nuevas alternativas relacionales para reemplazar los modelos antiguos de abuso y de violencia Se trata de facilitar la emergencia de nuevos modos de comportamiento, de vincularse y amarse sin violencia dentro de la familia. A medida que las sesiones transcurren, los terapeutas y los diferentes miembros de la familia conversan sobre temas como la agresividad, la violencia, el sexo, los cuidados adecuados para los niños, los duelos, la ternura, el amor, el cuerpo, la justicia y la injusticia, el odio, la corrupción, así como las posibilidades de cambio y de exoneración de los agresores en la búsqueda de una reconciliación de la familia.
Nuestra acción terapéutica está destinada a facilitar la confrontación de la familia con el reconocimiento de sus recursos y sus responsabilidades, y si esto es posible, facilitar entonces una reconciliación general a través de lo que nosotros llamamos el trabajo de "exoneración simbólica de los maltratadores". Potenciar los recursos de la familia manteniendo una posición justa, permaneciendo atentos a la situación de cada uno y considerando las relaciones de poder, permite ayudar a los individuos así como al conjunto de la familia a transformar las dinámicas abusivas en dinámicas altruistas, recobrando de esta manera lo que llamamos "la biología del amor" tal como ha sido desarrollado por autores como Maturana y otros (Maturana, H.,1991).
El desafío fundamental con la familia maltratadora es lo que hemos llamado la “humanización del sistema familiar”, que consiste en promover un cambio destinado a recuperar su finalidad en tanto sistema viviente y de crecimiento.
Los terapeutas utilizan las técnicas más adecuadas y trabajan con los subsistemas más indicados. Cualquiera que sea la técnica de intervención terapéutica utilizada, el modelo o la escuela escogida, la terapia consiste en dar a cada miembro de la familia "la posibilidad de conversar" sobre sus sufrimientos, ayudarles a enfrentar su dolor y descubrir sus potencialidades para poder cambiar. En el caso de los padres maltratadores, los terapeutas les ofrecerán el espacio y tiempo necesarios para desenredar el hilo de sus historias transgeneracionales, ayudándoles a tomar conciencia de sus propios sufrimientos en tanto antiguos niños maltratados, abusados y/o descuidados. Los terapeutas crean así espacios sociales que favorecen la emergencia de la palabra, allí donde el pasaje al acto maltratador, ya sea físico, sexual o negligente, reemplazaba de una forma patológica abusiva los intercambios entre los miembros de la familia. Este redescubrir de la palabra como mediador de relación deberá permitir la emergencia de dinámicas familiares en donde la agresividad, la sexualidad y los cuidados hacia los menores adquirirán una forma ritualizada que respeta los derechos e intereses de todos los miembros de la familia, tomando en cuenta todas sus necesidades y capacidades en del sistema. Todo este trabajo exige por parte de los terapeutas un compromiso a largo plazo con las familias, una formación adecuada y una supervisión permanente.
El trabajo terapéutico será diferente según la posición y la participación de cada miembro de la familia en el drama maltratador o abusivo. Así, se trata de facilitar un trabajo terapéutico individual sistémico, es decir, que cada miembro de la familia individualmente o por grupos de pares reciba los cuidados necesarios para elaborar su drama particular y singular. De esta manera, el trabajo terapéutico con el padre maltratador no será nunca el mismo que con la víctima, con el padre no protector o con el resto de los hermanos. Es también fundamental la movilización de los recursos presentes en el entorno de la familia para aportar informaciones y ayudas concretas a los padres, así como cuidados complementarios a los niños a través de su incorporación en una guardería, proporcionando las ayudas económicas indispensables para dar un mínimo de recursos materiales a la familia, o incorporando a los padres a asociaciones de padres para romper su aislamiento. En lo que se refiere a la problemática del padre maltratador o abusador, hemos introducido la noción de "exoneración" en lugar de hablar de perdón, para marcar la idea que la exoneración es un derecho que la víctima puede ejercer si su abusador o su padre o madre maltratadora o negligente reconoce sus errores y acepta la responsabilidad de los gestos y el daño que ha podido ocasionar. En este sentido, la mayoría de los profesionales que trabajan en este programa han tomado una posición muy clara en contra de toda impunidad de los agresores y de lo que es la “ideología del perdón”. Por lo tanto, el proceso terapéutico que acompaña a las víctimas de maltrato debe también facilitar la expresión creativa de la rabia. Expresar la cólera por el daño sufrido no implica denigrar a la persona del padre o la madre que cometió tal acto, significa hacerse justicia a sí mismo por el sufrimiento provocado por éste. Lo mismo es válido en la expresión de cólera en relación al padre que no fue capaz de proteger al niño.
La víctima tiene también el derecho de denunciar y expresar su rabia hacia los otros miembros de la familia, que no fueron capaces de darse cuenta de su sufrimiento. Esto también es válido cuando los sistemas judiciales, ya sea por falta de pruebas o por vicios en el procedimiento, no está en condiciones de nombrar claramente al agresor dejándolo, entonces, en la impunidad absoluta. La terapia tiene también que ayudar a la víctima a superar su odio y su deseo de venganza porque esto mantiene también un vínculo destructivo con los abusadores. Se trata de ayudar a la víctima a que supere estos sentimientos para hacer emerger en ella un sentimiento de exoneración ayudándola así a recuperar su libertad en relación a su agresor. Nunca hay que olvidar que aquí se trata de agresores que pertenecen al cuerpo familiar de las víctimas; por lo tanto, uno de los objetivos fundamentales es ayudar a la víctima a salir de la creencia de que es culpable de los malos tratos sufridos, para que se reconozca como víctima. Aunque parezca extraño ayudar a una víctima a reconocerse como tal, es uno de los ejes fundamentales del trabajo terapéutico con niños maltratados, puesto que lo que caracteriza a los procesos maltratadores no son solamente los comportamientos que hacen sufrir a los niños, sino además el que ellos tengan obligatoriamente que integrar el discurso de los padres abusadores, es decir, que son merecedores de lo que les pasa. La siguiente etapa es ayudar a las víctimas a ser lo que nosotros llamamos “superviviente de la situación maltratadora”, es decir, en combate permanente para superar las secuelas provocadas por el proceso de victimización. Por ejemplo, se les ayudará a mejorar su rendimiento escolar, a tener mejores relaciones de confianza con los adultos o a aprender a vivir y comportarse como niños; esto es lo que abre las posibilidades para que los supervivientes del maltrato infantil se transformen en lo que nosotros llamamos “vivientes”, es decir, personas que aunque vivieron el sufrimiento profundo de haber estado encerrados en estos dramas familiares, son capaces de vivir sanamente dándole un sentido al sufrimiento, a través de comportamientos altruistas y de protección de sí mismos y de otras personas que sufrieron como ellos.
Una de las experiencias personales que ha marcado profundamente mi historia y que me permitió comprender el valor liberador de la idea de exoneración, es lo que viví en uno de los viajes a mi país de origen, cuando casualmente me vi cara a cara en una calle con el hombre que fue responsable de la unidad militar que nos había torturado. Habían pasado veinte años de aquella experiencia y la visión delante de mí provocó, por una parte, una intensa rabia, producto del recuerdo de mi sufrimiento y del de otros compañeros, pero al mismo tiempo tuve un sentimiento de compasión al constatar que ese individuo era ahora un pobre anciano y que seguramente cargaba en su conciencia el sufrimiento y la muerte de otros seres humanos. En ese momento, creo haber logrado la "exoneración" de mi torturador; esto no implica que le perdone, porque no podré nunca olvidar mi sufrimiento ni los sufrimientos de mi familia y el de mis amigos. Pero de alguna manera en este gesto compasivo pude liberarme de lo que me quedaba de relación con mis antiguos torturadores. Esto, en la medida que pude reconocerme como víctima dejando a mis torturadores ahí donde debían quedarse, es decir, en el pasado. Por lo tanto, ayudar a una víctima de violencia a exonerar a su agresor quiere decir ayudarle a tomar distancia a fin de que éstos pierdan su significado en el proyecto existencial de la víctima. Pero para ello es necesario que la víctima se reconozca como tal, teniendo acceso a la información que le permita dar un sentido a los comportamientos de su agresor, sobre todo cuando ha sido su padre o su madre.
El reconocimiento de la responsabilidad del padre o madre como maltratador, es un factor que favorece la recuperación de las víctimas y es un signo importante de rehabilitación de los agresores.
Junto con el trabajo terapéutico dirigido a los diferentes miembros de la familia implicados en el drama maltratador, es importante lo que hemos llamado los “procesos terapéuticos institucionales”. Estos procesos pueden considerarse de dos maneras: Primero, como una necesidad de que los sistemas institucionales que trabajan con niños maltratados sean constantemente ayudados para descontaminarlos de la tensión, el estrés y la agresividad que se transmite desde los sistemas familiares maltratadores hacia ellos. De aquí la necesidad de establecer programas que permitan reuniones de trabajo, en las cuales los trabajadores institucionales tengan la posibilidad de expresar lo que viven, enriqueciéndose de las experiencias de sus colegas y desarrollando actividades de autoformación; las dinámicas de intervención y de supervisión son un recurso fundamental para mantener estas terapias institucionales. Segundo, como procesos que utilicen los espacios institucionales para ofrecer ayuda terapéutica a los niños y a las familias. Se trata que cada espacio institucional donde el niño es acogido se transforme en un recurso terapéutico para él, en el sentido de una comunidad terapéutica que le permita elaborar el contenido de sus sufrimientos así como de ofrecer modelos alternativos a sus padres.


III. Algunos aspectos específicos de la terapia en las consecuencias de los abusos sexuales
La intervención terapéutica en los casos de abuso sexual intra-familiar comienza cuando el niño o la niña, al divulgar su secreto a otro niño o a un adulto exterior a la familia se siente escuchado, apoyado y creído en lo que cuenta. Desgraciadamente, existen todavía muchos adultos incapaces de creer lo que los niños cuentan. En los casos de incesto esta actitud es aún más nefasta, en la medida en que una vez que la víctima ha decidido hablar, si siente que no existe apoyo de la persona a quien dirige su mensaje, es muy probable que no se atreva nunca a hablar por segunda vez. Numerosas experiencias han demostrado que los niños raramente mienten o fabulan en los casos de abuso sexual intra-familiar. La minoría que lo hace, es empujada por presiones de otros adultos y/o para denunciar otro tipo de problemas existentes en la familia. Escuchar y creer lo que los niños dicen es la única alternativa posible para poder ofrecer una ayuda al niño o niña abusado sexualmente y a los miembros de su familia.

Fases del proceso de intervención
Nuestros equipos intervienen en el proceso de una familia abusiva a partir del momento en que alguien, un adulto u otro niño, a menudo externo a la familia y confidente de la víctima, nos contacta para solicitar nuestra intervención. A continuación, describiremos las etapas de este proceso:

Fase de manejo de la divulgación: Nuestro modelo de intervención comienza reconociendo el coraje y la creatividad del confidente que puede ser una compañera (o) de la familia, el médico de la familia, profesor, enfermera escolar, vecino, sacerdote, etc., creyendo en lo que el niño o la niña ha divulgado y tomando partido por él o ella, de esta manera, esta persona es considerada como un recurso en manejo de la divulgación,. En presencia de esta persona entramos en contacto con la víctima y procedemos a la anamnesis que nos permite comenzar a comprender el funcionamiento de la familia abusiva a través de lo que la víctima nos dice. Nuestro programa ofrece inmediatamente al niño un alojamiento provisional fuera de su familia, que permite protegerle y al mismo tiempo mantenerle a distancia de las reacciones que su divulgación provocará en el abusador y en el conjunto de su familia. Nuestra experiencia, como la de otros equipos que trabajan en problemas similares en Canadá y Estados Unidos, nos ha enseñado la importancia de proteger a la víctima de todas la maniobras represivas que van a ser utilizadas por la familia, especialmente por el abusador, para anular el impacto de la divulgación. Algunos casos que terminaron con consecuencias desastrosas para la víctima nos ayudan a mantener actualmente esta posición de una manera firme e irrevocable. Basta un contacto mínimo entre la víctima y el abusador, por ejemplo, una mirada o una palabra de éste, para que la víctima comience a dudar y a retractarse de lo que ha dicho.

Fase de la crisis familiar: como ya hemos señalado, las posibilidades terapéuticas de una familia abusiva comienzan y deben mantenerse a través del desarrollo de una situación de crisis que le impida reestructurarse alrededor de la descalificación de la víctima o de la minimización o negación de los hechos abusivos. La crisis familiar es desencadenada lo más rápidamente posible, a menudo casi al mismo tiempo que la divulgación. Los equipos de intervención en crisis convocan al padre no abusador para comunicarle los resultados de la validación. La reacción de este padre a los hechos denunciados nos informa del grado de implicación de éste en los procesos abusivos así como sus posibilidades para ser considerado como una fuente de ayuda para la víctima. Si el abusador es el padre y la madre se muestra ambivalente y/o manifiesta comportamientos o propósitos que nos hagan pensar en cierto grado de complicidad con el abusador, se tomarán medidas de protección para la víctima, sin tener en cuenta a la madre como ayuda para ella, por lo menos a corto plazo. Enseguida, se convoca al abusador poniéndole al tanto de los resultados de la validación. Su reacción al contenido de ésta, los elementos de su historia personal y las informaciones recogidas por los profesionales sobre su estructura de personalidad, jugarán un rol fundamental en la organización del programa terapéutico destinado a ayudarle a él y a su familia. El manejo de la crisis familiar se mantiene a través del alejamiento del abusador del domicilio familiar, señalando la situación al sistema judicial.

En Bélgica, a través de la Ley de la Protección de la Juventud, existen condiciones para obtener del marco judicial una restauración de la Ley dentro de estas familias, sin que existan necesariamente medidas punitivas contra los padres. Pero si el poder judicial considera necesario condenar a los padres abusadores en el marco de esta misma Ley, es posible continuar el trabajo terapéutico con las familias facilitando la rehabilitación del padre abusador. Esto explica que en ocasiones, para provocar y mantener la crisis, utilicemos los instrumentos que esta Ley ofrece para asegurar el derecho y el bienestar de los niños a través de un trabajo concertado con los Tribunales de Menores y/o con las instancias sociales de protección infantil.

El trabajo de terapia familiar a través de la diferenciación, reparación y exoneración.
El drama de los personajes implicados en la tragedia del incesto radica en que el “libreto” que interpretan, los perpetúa en una elección limitada de comportamientos, bloqueados en un marco abusivo mientras no sobrevenga la crisis que cuestiona al personaje, y que provoque una apertura y una recuperación de la condición humana de cada implicado. La familia abusadora, en tanto sistema determinado por su estructura, estaba reducida antes de la crisis, a interacciones abusivas donde una de sus manifestaciones fue el abuso sexual. Esta situación impedía un verdadero encuentro de diálogo y de respeto entre sus miembros. Nuestro desafío como seres humanos portadores de un rol terapéutico, es contribuir a crear las condiciones para que exista un verdadero diálogo interpersonal. Sin entrar en descripciones detalladas de nuestra metodología de trabajo terapéutico, haremos mención de su ejes principales:
El trabajo de diferenciación: en la primera fase de la terapia con la familia, dialogamos en sesiones individuales con las personas implicadas en el proceso abusivo por separado: el abusador, la madre, los hermanos, etc. Esto puede hacerse en sesiones individuales o en sesiones de grupo, es decir, grupos con otros abusadores, con otras víctimas, con otras madres. El objetivo de esta primera parte del proceso terapéutico familiar es facilitar la reflexión de cada uno sobre el lugar singular que ocupó en la situación abusiva, su responsabilidad, los perjuicios, y las consecuencias positivas y negativas de sus actos a lo largo del proceso de abuso y después de su divulgación. Este modo de trabajar permite la apertura hacia un proceso de diferenciación y recuperación de la libertad y la creatividad de cada uno, a través de este proceso de asumir la responsabilidad del rol jugado en la dinámica abusiva, tomando además conciencia de los determinantes históricos, sociales y culturales que le influenciaron. Ayudar a cada miembro de la familia a aceptar su co-responsabilidad en la protección del incesto así como a liberarse de determinantes del pasado, es ayudarles a recuperar sus libertades y su creatividad.
El trabajo de reparación y exoneración: La segunda parte del proceso de terapia familiar consiste en facilitar el diálogo entre los diferentes miembros de la familia en torno a conversaciones que posibiliten, en primer lugar, cambiar la dinámica creada por la ley del silencio y los secretos, inmediatamente después, facilitar el diálogo y los comportamientos simbólicos destinados a la reparación de la víctima y la exhoneración de los adultos (el abusador directo y/o el padre no protector), y finalmente si es posible, una renegociación de la relación conyugal y de las interacciones parentales, a fin de asegurar un buen funcionamiento familiar en el que los derechos y el bienestar de cada miembro sean respectados.
A través de nuestra metodología terapéutica hemos obtenido resultados alentadores cuando hemos podido manejar con firmeza y respeto las diferentes etapas descritas. Nuestra práctica nos ha enseñado a distinguir los casos de familias que al principio no estaban dispuestas a la intervención terapéutica, pero que a medida que fueron enfrentadas a esta metodología terminaron aceptándola y participando en el proceso terapéutico. Existen otros tipos de familias en las que, a pesar de las posibilidades terapéuticas ofrecidas por nuestro programa, los adultos abusadores siguieron optando por un funcionamiento rígido y totalitario; en estos casos, la negación absoluta de los hechos por parte del abusador y la complicidad de la esposa y de otros adultos del entorno inmediato, muchas veces pertenecientes a clases sociales favorecidas, nos ha obligado a optar por un enfoque centrado en el sufrimiento de la víctima, ya sea a través de sesiones individuales o en grupo con otras víctimas, igualmente basado en una metodología ecosistémica.

A lo largo de este texto hemos querido compartir nuestros modelos de la terapia y la prevención del maltrato infantil. Mi finalidad no ha sido sólo transmitir una experiencia desarrollada en el marco de una sociedad particular como es la sociedad belga, sino sobre todo asociarme de una manera simbólica con las reflexiones y combates de quienes continúan defendiendo los derechos humanos, particularmente, los derechos de los niños en cualquier lugar del mundo. En nuestro caso, los fundamentos éticos que animan nuestra práctica es que nadie tiene el derecho de abusar de otro ser humano, sean cuales sean sus razones, experiencias o contextos; por lo tanto, la tarea esencial de todo ser humano, particularmente de todo terapeuta, es hacer todo lo posible para comprometerse en la defensa de la vida. Por otra parte, nuestras reflexiones epistemológicas se basan en la idea de que la felicidad y el bienestar del niño no es nunca el efecto de la causalidad de la mala o buena suerte; muy al contrario, es una producción humana nunca puramente individual, ni siquiera únicamente familiar, sino el resultado del esfuerzo de la sociedad en su conjunto. La protección y la defensa de los derechos del niño constituye por consiguiente la tarea de todos los que se reconocen como seres humanos. En lo que se refiere a la asistencia a los niños víctimas de maltrato infantil y abuso sexual, el desafío es facilitar dinámicas sociales participativas en las que cada cual, conforme a su nivel y competencia, pueda crear con los niños y sus familias condiciones y respuestas para prevenir y tratar las agresiones y abusos sexuales. Si no encontramos esta respuesta, existe el riesgo de que millones de niños continúen atrapados en estas realidades de violencia y reaccionen a ellas mediante comportamientos disfuncionales y destructivos. Ha llegado la hora de que nuestras sociedades acepten que detrás de cada niño adolescente delincuente, toxicómano, enfermo psiquiátrico, prostituido, etc., hay una historia social de poder y violencia. Aceptar esta realidad podría conducirnos hacia nuevas y más amplias posibilidades de prevención de fenómenos tan trágicos como la existencia de niños obligados a sobrevivir y a encontrar un sentido a su vida autodestruyéndose.


BIBLIOGRAFÍA


Barudy, J., El dolor invisible de la infancia: una lectura ecosistémica , Ed. Paidos, Barcelona, 1998.

Barudy, J., "Maltrato infantil: ecología social: prevención y reparación." Ed. Galdoc. Chile, 1999.
Maturana, H., El sentido de lo humano, Santiago de Chile, Dolmen, 1991.

Maturana, H., Varela, G., El árbol del conocimiento,Santiago de Chile, Edit. Universitaria, 1984.


EL AUTOCUIDADO DE LOS PROFESIONALES QUE TRABAJAN EN PROGRAMAS DE PROTECCION INFANTIL
Por Jorge Barudy



















Mi discurso intenta argumentar que el sufrimiento infantil es en gran parte el resultado de la incompetencia del mundo adulto en satisfacer las necesidades de los niños y niñas

 

A través de este artículo trataremos de mostrar que la eficacia de los Programas de atención Infantil depende en gran parte del compromiso de los profesionales, el cual de algún modo está sujeto a la capacidad de las instituciones de desarrollar programas habilitados para ofrecer los cuidados necesarios, a fin de proteger a estos del "síndrome de tensión y agotamiento profesional" o "Burn Out and stress Síndrome" (Barjau C. 1991).

La noción de auto cuidado debe ser considerada en dos niveles: el primero, anteriormente enunciado, se refiere a la necesidad de que las instituciones protejan los recursos profesionales; el segundo, a la capacidad de los profesionales de autocuidarse. A diferencia de los niños, los profesionales en tanto adultos tenemos la capacidad de desarrollar estrategias de comportamientos destinados a proteger nuestra integridad personal, familiar y social, es decir, tenemos la capacidad de cuidarnos a nosotros mismos, necesitando también la ayuda de los otros para mantener nuestro compromiso, creatividad y sobre todo, la competencia para ayudar y proteger profesional mente a los niños.
La noción de auto cuidado comprendida en esta dimensión corresponde al concepto de "justicia relacional " que Boszormengy -Nagy (1980), aplico a los procesos familiares. Con esta idea este autor se refiere al hecho que en una familia , cada miembro aporta de acuerdo a sus posibilidades y habilidades cuidados y protección a los otros miembros , para recibir a cambio cuidado y protección de estos. Todo esto en una perspectiva transgeneracional.
Esta constataron puede extendersea otros dominios de la grupal humana en donde cada sujeto aporta a su grupo, esperando recibir de los miembros de este los cuidados equivalentes.
Asi como en una familia, los miembros de un equipo profesional pueden tambien aportarse cuidados y proteccion. Si este es suficientemente sano el balance entre dar y recibir sera justo y cada miembro del equipo podra sentirse suficientemente reconocido y respetado sintiendose asi perteneciente a un sistema cuya finalidad primera es el bienestar de sus miembros.

Nuestras experiencias nos permiten afirmar que el recurso fundamental para el exito de cualquier Programa de protección Infantil es la persona del profesional. Con esto estamos afirmando que sin el compromiso personal de èste, sería imposible desarrollar cualquier programa destinado a mejorar las condiciones de vida de los niños.

La noción de compromiso personal debe siembre contextualizarse, puesto que no es lo mismo si èstá es enunciada por aquellos que establecen las políticas públicas de protección infantil, o por quienes administran los recursos del Estado para desarrollar dichas políticas, o por los mismos profesionales. No hay nunca que olvidar que "lo que es dicho es dicho por alguien "(Maturana H. Varela F. 1984) . A este aforismo hay que agregarle que el sentido de lo dicho depende tambien de la posición de poder de quien lo dice.
En èste texto nos referiremos a la noción de compromiso profesional elaborada a partir de la vivencia y la experiencia de los trabajadores de terreno, es decir, por aquellos que trabajan en contacto directo con los niños en situación de desproteccion familiar y social.

En lo que a mi respecta, muchos años de trabajo apoyando equipos profesionales a mantener dicho compromiso ya sea en Belgica como responsable de un equipo S.O.S. Enfants - Famille dedicado al tratamiento y la prevención de Maltrato Infantil, o como supervisor y formador de equipos clínicos de protección infantil en Francia, España, Bélgica y América Latina sirven de base a mi profunda convicción .de que para mejorar las condiciones de vida de los niños y asegurar su protección en situaciones de maltrato, el compromiso profesional es fundamental.
Este compromiso debe ser comprendido como una implicación emocional en el sentido de la "emocionalidad del amor" (Maturana H. 1990) , lo cual quiere decir que la fuente de este compromiso es la vivencia ètica y política del profesional. Ética en el sentido de Maturana, es decir, compromiso responsable con el desarrollo del otro aceptado incodicionalmente como un otro semejante en la convivencia ; político, en el sentido del compromiso con este otro sobre todo si este se encuentra sometido y abusado en una relacion de poder asimetría y opresiva , ya sea en su familia y/o en su sistema social.
Por lo tanto la fuente de este compromiso profesinal es la emoción que nos provoca el niño que sufre, que no es respetado en sus derechos, ya sea por sufrimientos o carencias producidas en su medio familiar y/o como consecuencias de injusticias y/o violencias a nivel de su tejido social. El compromiso profesional, considerado como una experiencia Ético política, nace también de la conciencia que el maltrato infantil es el resultado del abuso de poder de los adultos que malversan sus capacidades y sus poderes para aportar cuidados y proteccion a sus ninos abusandoles para satisfacer sus necesidades y/o resolver sus conflictos con otros adultos..

Todas estas consideraciones nos llevan a afirmar que cualquier programa que se declare coherente y adecuado en relación a la protección infantil, debe tener en su interior un dispositivo para despertar, promover , mantener y proteger la implicación emocional, ètica y política de los profesionales.Esto como el mejor antídoto "al síndrome del Queme profesional".

Desgraciadamente una constatacion casi general en el mundo de las instituciones que se ocupan de la infancia, es la escases de recursos y existencia de malas condiciones de trabajo para los profesionales que trabajan en ellas.
Esto explica la vivencia de extrema vulnerabilidad que los profesionales del area pueden resentir. Esta vivencia no debe ser solo explicada de una manera reductora por el contenido de nuestra mision ,ella es el resultado sobre todo de la constatacion que los recursos con que se disponen para afrontar el sufrimiento infantil son siempre injustamente deficientes y que ademas las demandas que recibimos son a menudo paradojales y requieren respuestas mayores que los recursos con que se dispone .

El sufrimiento de los profesinales de la infancia asi como la rotacion permanente de estos en los programas, demuestra que todavía no está internalizada en los admininistradores y responsables politicos la idea que hay que cuidar al profesional porque el o ella son el instrumento fundamental de los programas de protección infantil.
A menudo, las administraciones institucionales no están suficientemente conscientes que el "queme de un profesional o de un equipo", implica una pérdida inaceptable de recursos humanos, no solamente como un derroche de recursos financieros - por el alto costo que implica un profesional formado y con experiencia-, sino sobre todo por la perdida de fuentes afectivas y sociales reparadoras para ninos necesitados no solamente de cuidados y de proteccion sino que sobre todo de una continuidad de vinculos afectivos .
En este sentido, todo programa o institución incapaz de proteger a sus profesionales, ejerce una doble violencia: a las personas de los profesionales y por ende, a los niños que dice proteger.
En resumen, se debe hacer todo lo posible para que los Programas de protección Infantil incorporen "metaprogramas" para la protección de sus profesionales, que por su contenido , los ayude a protegerseentre otros de las múltiples paradojas que su desempeño les depara.
Lo que caracteriza el accionar en protección infantil en situaciones de maltrato, es que el profesional se encuentra en medio de una lluvia de dobles mensajes, muchas veces sin la posibilidad de estar conscientes de los contenidos contradictorios de estos, por ejemplo, el sistema social le pide brindar ayuda a la familia que maltrata y al mismo tiempo, ejercer control social sobre ella; le pide ser eficaz y competente a nivel de su mandato y a su vez, rentabilizar el tiempo por el cual ha sido contratado; otra paradoja, el sistema le solicita proteger al niño de su familia, pero al mismo tiempo, hacer todo lo necesario para que éste quede con ella, o bien, ayudar a los padres y a la vez, denunciarlos al sistema judicial para que sean penalizados. Es evidente que ya solo por el contenido paradojal de estas situaciones justifican la necesidad de encontrar fórmulas de auto cuidado o auto protecciòn profesional.

Programas de autocuidado de profesionales


Los programas de auto cuidado profesional que he tenido la suerte de acompañar, han estado en la mayoría de los casos co-construidos a partir de una toma de conciencia de las necesidades de cuidado por parte de los profesionales, seguida de una petición a sus instituciones para obtener los recursos necesarios para desarrollar estos programas .Si bien es cierto, que aun queda mucho por hacer la situación comienza a cambiar de una manera positiva en estos últimos tiempos, y numerosas son las instituciones que han sido sensibilizadas a fin de impulsar políticas en esta linea.

El modelo presentado en este trabajo surgen de los programas desarrollados en: 1) El COPRES ( Colectivo de prevención del Sufrimiento Infantil) que desarrolla desde hace once años un trabajo de red en prevención y tratamiento del maltrato infantil, en un barrio desfavorecido de la ciudad de Bruselas (Barudy y col. 1993); 2) del programa desarrollado en la diputación de Gypuscoa en el país vasco español, a partir de la iniciativa de los trabajadores de la infancia de esta región;(Lezana J.M. 1995) 3) Del programa desarrollado a partir de la coordinación de diferentes instituciones y profesionales de la infancia organizados en una cordinacion social en Waremme comuna rural en Bélgica.


MODELO ORGANIZATIVO DE UN PROGRAMA DE AUTO-CUIDADO DE PROFESIONALES.


Estos programas de auto cuidado se basan en dos ideas fundamentales: primero, considerar que la protección y el cuidado de los niños no es nunca un regalo, ni el resultado de la buena o mala suerte, sino el producto del esfuerzo no solamente de los padres y de la familia, sino de toda una sociedad. En cualquier lugar del mundo el carácter sano de una sociedad se basa en el bienestar de los niños y en la capacidad que está tenga de asegurar la protección de los más desválidos, en este sentido, es importante insistir que la tarea de protección infantil es tarea de toda una comunidad, puesto que la sobrevivencia de la especie depende de la capacidad que tenga el mundo adulto de lograr desarrollar, sanar y proteger a sus niños.
En esta tarea colectiva, los profesionales debemos desarrollar un rol fundamental, no sólo por ser parte de la comunidad, sino porque hemos decidido o hemos sido designados para cumplir una misión específica en lo que se refiere al bienestar y protección infantil. Nuestra misión corresponde, en parte, a aquellas tareas que en el mundo animal son descritas por los etòlogos como tareas altruistas, es decir, la designaciòn o especificaciòn de un grupo al interior de la manada, cuya identidad se define a partir de tareas de contenido altruista, destinadas a asegurar la vida del conjunto, especialmente la de los mas pequeños. El mundo animal "comprendió" antes que los seres humanos, que hacer todo lo necesario para proteger a sus crías es indispensable para evitar la extinción de la especie; en este sentido, la función profesionalizante de una parte de la manada puede ser considerada como una "función altruista egoísta". Numerosos son los ejemplos donde parte del mundo animal ilustra esta capacidad profesional de distinguirse por tener como tarea permanente el desarrollo de estrategias de protección del grupo, sobre todo de las crías. Los etòlogos nos enseñan, por ejemplo, que en animales como los antílopes, un grupo de miembros adultos de la manada permanece frente a la presencia de predadores en la cima de una colina para permitir, en especial a las crías, que se alejen del lugar, una vez que esto se produce el grupo baja de la cima sumàndose a la manada, asegurando asì la supervivencia del conjunto(Maturana H. Varela F. 1984) . Segundo, considerar que la eficacia y la competencia profesional depende de la capacidad de los profesionales de organizarse en redes. Llamaremos redes profesionales a aquellos conglomerados de personas vinculadas con el compromiso emocional, ético y polìtico que, organizados en torno a la tarea de protecciòn infantil, son capaces de permanecer en el tiempo asegurando dicha misiòn.

Consideramos las redes profesionales desde una perspectiva interdisciplinaria e interprofesional, desde la unidad màs simple, a saber, -el profesional- pasando el equipo interdisciplinario de una instituciòn, para considerar los sistema mas amplios y complejos , es decir la red interinstitucional o intersectorial . En estas ultimas los profesionales de diferentes àmbitos se organizan en forma colectiva a fin de mejorar las condiciones de vida de los niños en situaciòn de desprotecciòn y maltrato.
El desarrollo de redes profesionales sanas debe ser considerado también como instrumento básico para evitar el síndrome de la fatiga profesional. La creación de redes profesionales implica el recuperar la animalidad del ser humano, es decir, la capacidad de trabajar colectivamente para proteger junto con los recursos de la familia y la comunidad, lo más importante en términos de propagación de la especie: la infancia. El concepto de animalidad se refiere a una serie de características propias de los seres vivos, lo cual les permite hacer frente a los desafíos adaptativos en su proceso histérico. A este respecto, describiremos tres características, que a nuestra manera de pensar constituyen los componentes más importantes de esta condición: la coherencia interna, la plasticidad estructural y la capacidad de asociación, (elementos indispensables en toda formación de redes).
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1. La coherencia interna: la primera caracterÌstica que mantiene la capacidad de vida de los seres vivos es la necesidad de mantener una coherencia, es decir, la vida nos obliga a ser coherentes para enfrentar los desafÌos adaptativos. Por lo tanto, todo organismo que sea incapaz de mantener coherencia corre el riesgo de desaparecer.

2. La plasticidad estructural: es una condiciÛn biolÛgica de la naturaleza animal y humana que permite cierta adaptabilidad en relaciÛn a los desafÌos del medio ambiente. Esta caracterÌstica est· Ìntimamente ligada a la nociÛn de creatividad, es decir, al potencial que posee todo organismo humano de encontrar la respuesta adecuada a cada nuevo desafÌo que se presenta en su diario vivir, Mientras mayor sea la plasticidad estructural de un individuo en un grupo, Èste tendr· m·s posibilidades de responder en forma adecuada a los desafÌos adaptativos, realizando asÌ tareas que permitan mantener su vida y la de las personas con las cuales est· ligado. Esta plasticidad estructural se expresa ya sea por una capacidad creativa de camuflaje frente a determinados desafÌos (camuflaje frente al poder, frente al peligro, o justamente para aliarse con determinados sectores al interior del sistema social, con el fin de desarrollar polÌticas destinadas a mejorar las condiciones de vida de los m·s dÈbiles), ser activos en determinados momentos, o al contrario, adoptar posiciones de inmovilidad ´o de par·lisis para mantener lo construidoª, y de esta manera esperar nuevos momentos para desarrollar acciones destinadas a obtener la finalidad. Es asÌ como esta caracterÌstica permite no solamente la autoprotecciÛn de la persona del profesional y del sistema profesional, sino tambiÈn contribuye a la aceptaciÛn de los lÌmites estructurales de cada uno, lo que en adagio popular podrÌa traducirse como: ´no pedir peras al olmoª. Mientras mayor plasticidad posea un individuo o un sistema, m·s posibilidades tendr· de desarrollar recursos y estrategias para realizar sus tareas, principalmente la de proteger a los niÒos.

3. Capacidad de asociaciÛn: en tanto que animales sociales, los seres humanos, y por ende los profesionales, tienen una capacidad fundamental para establecer vÌnculos sociales con miembros de su espacio, de tal manera de poder realizar en conjunto las actividades necesarias para asegurar el bien com?n. Gracias a esta facultad, el ser humano no solamente es capaz de crear comportamientos asociativos, que organizados en forma de rituales, permiten mantener esta asociaciÛn en forma permanente, sino que al mismo tiempo logra producir palabras y discursos destinados a crear un sentido de pertenencia y cohesiÛn, y asÌ generar un sentimiento de equipo, permitiendo mantener al grupo organizado a largo plazo alrededor de una tarea. El desafÌo de crear colectivos o asociaciones de profesionales impone la necesidad de manejar las diferencias, es decir, lo esencial es que estas asociaciones sean el resultado de la heterogeneidad y no de la homogeneidad, puesto que la riqueza estructural est· dada por la confluencia de personas e instituciones diferentes. Por lo tanto, ser· fundamental asegurar la coordinaciÛn y gestiÛn de las tareas de cada uno a partir de sus competencias especÌficas y singulares, para en conjunto participar en el proceso de brindar bienestar a los niÒos. En sÌntesis, se trata de crear din·micas participativas en que se evite a todo precio la idea de que cada uno hace lo suyo, por la idea de un trabajo colectivo a partir de las diferencias. Para que esto sea posible es necesario: facilitar din·micas grupales que permitan la armonizaciÛn de estas diferencias, desarrollar espacios de intercambio que, cumpliendo la funciÛn de ritos, permitan el desarrollo del sentido de pertenencia y cohesiÛn de un colectivo en forma permanente, y lograr co-construir al interior de una red un modelo compartido de intervenciÛn.

En lo que se refiere al desarrollo de las din·micas grupales de autocuidado, a fin de armonizar las diferencias, se debe primero, crear formas de organizaciÛn basadas en la solidaridad emocional de los participantes de una red; y segundo, utilizar la agresividad individual y colectiva para crear actividades o acciones destinadas a la autoprotecciÛn de los profesionales, y por ende, la de los niÒos. Adem·s, a travÈs de estas din·micas gratificantes y nutritivas, se promueve el reconocimiento de cada uno de los participantes, el respeto de la autonomÌa y creatividad individual, elemento b·sico que nutre un proceso colectivo, por lo tanto, se trata de defender la idea de la libertad responsable y asociativa de cada uno de los que participan al interior de estas redes. De este modo, se podr· lograr una coordinaciÛn que permita mantener la coherencia interna y por lo tanto, la necesidad de desarrollar estructuras sin·pticas responsables de mantener la interacciÛn de las diferentes partes asÌ como del conjunto con otras instancias o ·mbitos.

Para que lo anterior sea posible, es necesario desarrollar espacios de intercambio, los cuales llamaremos espacios ritualizados, cuya finalidad es mantener la coherencia de los diferentes participantes de una red, su plasticidad estructural y su capacidad asociativa. La ritualizacion de la palabra, que al mismo tiempo permite el trabajo y el manejo de las emociones producidas por el encuentro con el otro, es lo que nosotros conocemos como conversaciÛn. Esta conversaciÛn constituye un campo sensorial colectivo que se estructura como un ritual que permite la vinculaciÛn de todas las personas, asÌ como de los fenÛmenos psicolÛgicos creados por la din·mica grupal (manejo de la agresividad, mecanismos proyectivos, necesidades individuales, reconocimiento personal, etc.). Es a travÈs de la conversaciÛn que nuestros psiquismos se reencuentran, tejiendo afectividad que va a permitir el vÌnculo de cada uno de los participantes al interior de un sistema y/o red, cumpliendo a la vez el rol de ser fuente reguladora que promueve la emergencia de la creatividad individual y colectiva, evitando a todo precio la transformaciÛn o la emergencia de lo que hemos llamado la violencia profesional. Es a travÈs de estos espacios ritualizados donde la palabra hecha conversaciÛn es el instrumento fundamental que hace posible el intercambio hasta el infinito de las afectividades, permitiendo la vinculaciÛn permanente del grupo; el hecho de contarse historias personales y profesionales a travÈs de las cuales se precisan las entidades de cada uno, reafirma el sentido de pertenencia. Estos espacios ritualizados corresponden a tres situaciones: a) espacio de conversaciÛn libre, donde los profesionales del equipo se ponen de acuerdo en hablar e intercambiar ideas en relaciÛn a las experiencias vividas, en determinados momentos dentro del transcurso de la jornada semanal, por ejemplo, en una instituciÛn un equipo puede ponerse de acuerdo en designar la hora de almuerzo durante tres dÌas a la semana como el lugar y espacio de conversaciÛn; b) espacio de intervisiÛn, espacios formalizados como reuniones de equipo en que, a travÈs de un coordinador, se promueve el intercambio de experiencias en relaciÛn a situaciones clÌnicas que permiten el enriquecimiento colectivo del aporte que cada uno puede dar al conjunto, y c) espacio de supervisiÛn que corresponde a momentos de grupo en el cual se contrata un supervisor externo, que debe cumplir como requisito ser una persona que tenga el respeto del conjunto por su competencia en el tema especÌfico del maltrato y la protecciÛn infantil, y al mismo tiempo, que tenga experiencia en din·micas de supervisiÛn. Esto implica que sea capaz de facilitar y hacer emerger las capacidades individuales y de grupo, utilizando la creatividad y sus recursos para mejorar el funcionamiento grupal dando respuestas a las situaciones clÌnicas presentadas. En este sentido, los equipos, conscientes de la necesidad de autocuidado, deben protegerse de aquellos supervisores extremadamente academisistas y sin experiencia de trabajo en terreno, que intentan imponer su poder o su paradigma preferido a un equipo en forma vertical y autoritaria.

Como tercer elemento que promueve las din·micas grupales, la co-construcciÛn de modelos compartidos de intervenciÛn, hace referencia a la capacidad del equipo de lograr concensos cognitivos respecto a un modelo explicativo del problema del maltrato infantil, asÌ como modelos de intervenciÛn que sean coherentes con esta lectura consensual. El poder llegar a un acuerdo sobre un modelo de intervenciÛn o lograr realizar din·micas concertadas en relaciÛn a esto, garantiza que cada miembro de una red y/o de un equipo profesional tenga claro, c?al es su tarea y misiÛn cuando la situaciÛn de maltrato se presenta; en este sentido, en otros artÌculos relacionados al tema, hemos propuesto un modelo de intervenciÛn en situaciones de maltrato al interior de la familia, abarcando desde el manejo del seÒalamiento hasta el tratamiento terapÈutico de los miembros implicados en la producciÛn de Èste, asÌ como de los sistemas en el cual esto se produce.

A modo de conclusiÛn, a travÈs de este artÌculo hemos querido compartir los fundamentos principales de lo que ha sido nuestra reflexiÛn en relaciÛn a los profesionales que trabajan en Programas de Autocuidado Profesional, dando algunas pautas para la organizaciÛn de estos en equipo de profesionales como en redes de equipo. La necesidad de autoprotecciÛn parte de la b?squeda de una mayor competencia y mejor utilizaciÛn de los recursos, pero al mismo tiempo y sobre todo, de una reflexiÛn Ètica en el sentido de que no se puede combatir ni prevenir la violencia sobre los niÒos sin desarrollar pr·cticas institucionales de equipos no violentos.


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Maturana, H. ............................................................................... 1992
Maturana, H. op.cit. p....