Mi
discurso intenta argumentar que el sufrimiento infantil es en
gran parte el resultado de la incompetencia del mundo adulto
en satisfacer las necesidades de los niños y niñas
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El
desafío para cualquier programa que pretenda dar una respuesta
integral al sufrimiento de los niños maltratados deberá
optar por el desarrollo de prácticas de redes que, movilicen
el conjunto de recursos institucionales, profesionales y familiares
existentes.
Todo esto para desarrollar acciones que contrarresten los efectos
de la violencia en las víctimas, introduzcan la ley y el
respeto de los derechos en la familia y permitan la rehabilitación
de los agresores.
El enfoque ecosistémico de un fenómeno complejo
como es el caso de los malos tratos a los niños y su intervención
a través de prácticas de redes, nos planteó
el desafío de encontrar un procedimiento de intervención
que asegurara, no solamente una coherencia en una atención
no violenta de las familias que provocan maltrato, sino que además
protegiera a los profesionales del riesgo del síndrome
de agotamiento profesional (Burnout), que los autores españoles
llaman el síndrome del Queme. (Masson O.1990. Arruabarrena
M. I. 1995).
Esto explica que una parte importante de nuestros esfuerzos se
hayan destinado también a elaborar procedimientos que permitan
a los diferentes profesionales, implicados en el tema de maltrato,
funcionar en redes que sean auto-protectoras. Tan importante es
proteger a los niños como a las personas que ayudan a mejorar
la protección de estos niños. Los sistemas institucionales
deberían tener siempre presente que el recurso fundamental
de la prevención y el tratamiento del maltrato infantil
es la persona del profesional; por lo tanto, todo lo que se pueda
hacer para cuidarle es una forma directa de ayudar a la infancia.
Un profesional de la infancia que se quema significa no solamente
una pérdida importante en términos del costo económico
que implica su formación y experiencia, sino sobre todo
una pérdida de años de experiencia y competencia,
garantía de una intervención adecuada en casos de
maltrato. La intervención en estos casos implica siempre
situaciones conflictivas para los profesionales, en la medida
que éstos deben introducirse de una manera más o
menos agresiva en la vida de una familia, cuestionando sus representaciones,
sus mapas del mundo, la manera en que ellos resuelven sus conflictos,
satisfacen sus necesidades, cuidan y educan a sus niños.
La
intervención social, judicial y terapéutica puede
y debe ser agresiva, pero nunca violenta. Los profesionales comprometidos
con la protección infantil deben tener una ética
que les permita actuar con mucha firmeza y eficiencia para asegurar
la vida y el bienestar de los niños, evitando de todas
las formas posibles que esta fuerza agresiva, necesaria para realizar
la tarea, se transforme en una fuerza destructiva o violenta.
Basándonos
en nuestra experiencia, afirmamos que para poder trabajar en este
campo los profesionales deben manejar la agresividad de una forma
ritualizada, es decir, controlada para ponerla al servicio de
la defensa de las necesidades y derechos de los niños.
Los procedimientos de intervención que proponemos en casos
de maltrato, es una forma de coordinar y movilizar los recursos
existentes en una red de profesionales, permitiendo la ritualización.
En nuestra práctica, la organización de redes de
profesionales a partir de una instancia que cumpla el rol de facilitador
y coordinador de los recursos humanos - metasistema- ha sido y
es uno de los medios y objetivos principales de toda nuestra acción
terapéutica y preventiva.
I. La organización en red de los sistemas profesionales.
La práctica médico psicosocial nos confronta no
solamente al manejo de problemas complejos, sino también
a la gestión de una cantidad enorme de personas e instituciones
deseosas de ofrecer soluciones a veces discordantes a estos problemas.
Así, por ejemplo, en las situaciones de maltrato infantil,
muchas veces la falta de organización y de concertación
de los diferentes niveles institucionales implicados en la propuesta
de una solución, complica o agrava la situación
de violencia del menor. Esto nos lleva a decir que muchas veces,
la solución propuesta de este modo es peor que el problema.
Por lo tanto, uno de los desafíos de cualquier programa
de este tipo es facilitar un proceso de organización de
los diferentes niveles institucionales y de recursos profesionales
que asegure la creatividad y la competencia de cada una de estas
instancias. Esto ha de hacerse a través del respeto a las
diferentes misiones de cada nivel, creando así una dinámica
colectiva que, sumando los recursos y las competencias, aporten
lo mejor a cada niño y a su familia. Se trata de que cada
uno se sitúe en un conjunto de manera que a través
de un compromiso solidario y concertado, se garantice el intercambio
de información y la creatividad de todos los participantes
de una red.
El elemento fundamental que debe animar estos procesos colectivos
es la acción basada en la creatividad individual asociada
a una dinámica colectiva. Hay que cambiar la idea de que
cada profesional tiene una parte del trabajo, por la noción
de todos juntos participando colectivamente en la co-construcción
de un modelo que permita una mejor utilización de recursos
y competencias. Todo intento de organizar una red de profesionales
tiene ya un impacto preventivo sobre la violencia, en la medida
en que esta organización permite la emergencia de rituales
entre los diferentes profesionales contribuyendo a mejorar la
gestión de su propia implicación emocional y del
estrés provocado por el contenido de las situaciones de
maltrato y por ende previniendo la violencia institucional(Barudy,
J. y col., 1991).
Un modelo integral de intervención socio-judicial y de
terapia.
La
prevención y la terapia de los malos tratos deben ser comprendidas
como un conjunto de acciones que se estructuran como un proceso
donde se trata de influenciar en las dinámicas violentas
en tres momentos diferentes de su evolución:
Un programa puede comenzar ya sea por: acciones de prevención
primaria, es decir, actuar sobre las causas que generan el maltrato;
acciones de prevención secundaria, a través de la
detección y tratamiento precoz de casos de maltrato; o
por acciones de prevención terciaria, o sea, reducir la
proporción y la gravedad de las secuelas.
Uno de los objetivos estratégicos de un modelo integral
de intervención es detener o influenciar de una forma positiva
en lo que hemos llamado "el círculo vicioso"
de la transmisión familiar y transgeneracional, sin olvidar
los factores del medio ambiente que facilitan esta transmisión.
En una perspectiva sistémica, los cuidados dados al niño
maltratado tendrán un impacto preventivo en la medida que
la acción terapéutica evite que éste se transforme
en un padre o una madre maltratadora o negligente.
Un modelo integral tiende también a que los padres, ayudados
por los cambios intrafamiliares producidos por los programas terapéuticos,
acepten participar en dinámicas asociativas de autoayuda
para colaborar de esta manera en la sensibilización de
otros padres a partir de sus propias experiencias sobre factores
de riesgo y métodos alternativos a la violencia intrafamiliar.
La idea fundamental de un Programa Integral es que el bienestar
infantil o la "felicidad de un niño" no es nunca
un regalo, sino una tarea siempre incompleta, nunca perfecta ni
definitiva, que es mucho más que un proceso puramente individual
y familiar; debe ser el resultado de la acción de toda
una comunidad. Es por eso que en nuestro enfoque, la erradicación
del maltrato infantil tiene que proyectarse dentro de una perspectiva
comunitaria, refiriéndose a la noción de comunidad
como la de un sector geográfico o la del barrio, cuya definición
equivale a lo que algunos autores llaman el "mesosistema",
o sistema intermediario, es decir, el espacio de vida de las familias
donde se articula la vida privada y la vida social. Así,
por ejemplo, el barrio corresponde como medio a este "mesosistema",
en el cual se desarrolla la vida cotidiana de un grupo de personas
en estrecha relación con diferentes instituciones que,
interactuando con estas familias e influenciándose mutuamente,
tienen como misión promover el bienestar y la salud del
conjunto.
Las instituciones comunitarias que abarca nuestro modelo corresponden
a los siguientes ámbitos:
1.- Atención médico- psico-social
2.- Ambito escolar.
3.- Las instituciones responsables de garantizar la protección
infantil, ya sea los servicios sociales de protección y/o
los sistemas judiciales.
Se trata de movilizar los recursos de salud, educación
y justicia señalando que cada una de ellos tiene tareas
específicas, pero organizadas alrededor de una finalidad
común: asegurar el bienestar de los niños y el respeto
a la vida, desarrollando estrategias conjuntas para prevenir y
tratar el maltrato infantil.
Esta idea de comunidad se amplía cuando se consideran las
minorías culturales presentes en una sociedad. En este
sentido, se debe hablar también de comunidad, pero en este
caso refiriéndose a los vínculos culturales particulares
que cohesionan a los miembros de un grupo que pertenecen a un
sistema cultural singular.
Estos conjuntos de personas organizados en una comunidad que se
influencian mutuamente, ya sea por el hecho de cohabitar en un
espacio geográfico (un barrio) y/o porque tienen vínculos
culturales (una comunidad cultural) o por ambos, tienen recursos
y problemas comunes alrededor de los cuales es posible facilitar
dinámicas donde las personas implicadas tomen conciencia
de estas dificultades, de sus causas y sus potencialidades para
asumir las posibilidades de cambio. La organización de
un tejido social en torno a una tarea colectiva constituye una
red social, a diferencia de una comunidad en torno a la red social
que existe solamente en una forma latente. Su concretización
como realidad operacional depende de la capacidad de un núcleo
de personas o de instituciones que sean capaces de movilizar y
organizar la comunidad alrededor de acciones destinadas a prevenir
o tratar un problema.
Un modelo piramidal de organización de una comunidad.
Hemos concebido en el desarrollo de un Programa de Prevención
y Tratamiento de Maltrato la posibilidad de organizar múltiples
redes que corresponden a diferentes niveles de intervención.
Los niveles propuestos en nuestro modelo se organizan en una pirámide
(Marconi J., 1971) que representa las diferencias jerárquicas
en relación a las finalidades, mandatos y tareas de los
profesionales que pertenecen a cada uno de estos niveles. Estos
se integran en un modelo global, como modo de asegurar interacciones
complementarias que respeten las competencias de cada uno.
La organización jerárquica se establece a partir
del nivel 1 que corresponde al de mayor especialización,
hasta el nivel 5 que es el menos especializado en la gestión
de casos de maltrato. La organización de cada nivel se
realiza a partir de lo que llamaremos "los objetivos operacionales
mínimos", es decir, acciones simples, pero que tienen
un impacto facilitador de cambios de las situaciones de maltrato.
Organización de las diferentes tareas según cada
nivel:
Nivel 1: Equipo especializado o meta-sistema coordinador que corresponde
en Bélgica al Equipo S.O.S. Enfants-Famille, encargado
de la formación y coordinación de los niveles 2
y 3, con el fin de movilizar los recursos profesionales de esos
niveles para la gestión de situaciones de maltrato y acciones
preventivas. El equipo especializado tiene como misión
específica, la validación y el tratamiento de las
consecuencias del maltrato en sus diferentes formas, ya sea en
sus aspectos médicos, psicológicos, relacionales
y sociales, que por su complejidad y gravedad no puedan ser tratados
en otros niveles. Por su grado de especialización, este
nivel tiene además la responsabilidad de desarrollar investigaciones
sobre las causas y consecuencias de los diferentes tipos de maltrato,
así como sobre la eficacia de los modelos de tratamiento
y prevención.
Nivel 2: Corresponde a la red de profesionales de servicios pediátricos,
de salud mental, medicina y psicología escolar. Tienen
la responsabilidad de movilizar y organizar los recursos de los
niveles 3 y 4. Los profesionales de este nivel participan activamente
en la validación de las diferentes situaciones de maltrato
que se presentan en su medio, así como en la organización
de los programas terapéuticos destinados al niño
y su familia. Además, los profesionales de este nivel intentarán
desarrollar actividades preventivas, utilizando los recursos existentes
en su área. Es importante que se utilicen estos ámbitos
para ofrecer protección al niño o desarrollar acciones
dirigidas para movilizar los recursos sociales y judiciales, con
el propósito de asegurar la protección del menor
una vez realizada la validación del maltrato.
Nivel 3: Este nivel, que corresponde al nivel de la atención
primaria, los profesionales tales como profesionales de la salud,
de educación, agentes de socialización y control
social, es decir, policías, sacerdotes, etc., les corresponde
fundamentalmente la tarea de detección precoz de situaciones
de maltrato, al mismo tiempo que orientar e invitar a los padres,
implicados en situaciones de violencia intrafamiliar, a consultar
a profesionales del nivel 2, o si la gravedad y la complejidad
del problema así lo requiere, a los equipos especializados.
Los profesionales de este nivel desarrollan además acciones
educativas destinadas a las familias y sobre todo a los futuros
padres, además de localizar y formar a las personas y los
recursos de una comunidad para organizar el nivel 4 de la estructura
piramidal.
Nivel
4: Compuesto por los que llamaremos “los líderes
formales de una comunidad” (las organizaciones de padres,
así como dirigentes o personas significativas de los organismos
sociales). Tienen la tarea de sensibilizar al conjunto de la comunidad
a través de campañas educativas y organización
de grupos de reflexión, relacionados por la prevención
de la violencia intra-familiar.
Todos
los miembros de este nivel participan de la comprensión
ecosistémica del fenómeno del maltrato, motivando
y orientando a las familias que presentan situaciones de riesgo
para sus niños, hacia un equipo terapéutico, es
decir, hacia los profesionales organizados en los niveles 2 y
1. Al mismo tiempo, los miembros de este nivel apoyan y facilitan
experiencias de autoayuda destinadas a los padres.
Nivel 5: por último, este nivel corresponde a la comunidad
organizada y sensibilizada a través de las diferentes acciones
desarrolladas por el nivel 4. Le compete ser difusora de información
sobre los recursos existentes para atender a las familias. Además,
los miembros de la comunidad se comprometen y trasmiten la información
a otras familias sobre las consecuencias nefastas de la utilización
de la violencia sobre el niño, tanto a nivel físico,
psicológico como sexual, difundiendo además la información
psicopedagógica transmitida por el nivel 4, que previene
la utilización de la violencia sobre los niños.
Esto, proporcionando contenidos para una mejor comprensión
de los elementos que componen la relación adulto- niño,
y para un control educativo de las situaciones y comportamientos
de los niños que son vividos por los padres.
El
programa de intervención socio -jurídico y terapéutico
Nuestro Programa de Intervención está basado sobre
dos postulados que emergen fundamentalmente de una reflexión
ética. El primero es que nadie, cualquiera que sea su circunstancia,
por muy dramática que haya sido su historia social y familiar,
tiene el derecho de utilizar, maltratar, abusar, o descuidar a
un niño. En consecuencia, el primer deber de todo profesional
y de todo ciudadano es actuar para restaurar el respeto a todo
ser vivo, especialmente el respeto a todos los seres humanos,
particularmente a los niños. El segundo postulado es que
"el bienestar del niño" no es nunca un regalo
o el efecto de la buena o mala suerte; al contrario, el bienestar
infantil es una producción humana, esfuerzo del conjunto
de una sociedad.
La estrategia terapéutica será diferente si el maltrato
es producido por una familia suficientemente sana, que sobrecargada
por una situación de crisis se encuentra en la incapacidad
de manejar la agresividad dentro del sistema, provocando comportamientos
de maltrato que afectan a los niños, o si se trata de un
sistema familiar que produce maltrato infantil de una forma crónica
y a menudo transgeneracional, donde éste es precisamente
la expresión de una ausencia de crisis evolutiva en el
desarrollo histórico de estas familias.
La
intervención terapéutica en casos de crisis
Cuando
la familia produce comportamientos de maltrato como consecuencia
de una situación de crisis, o se torna inestable a causa
de ella, produciendo una agresión física o sicologica
a uno de sus niños, la red terapéutica tendrá
como finalidad ayudar a la familia a controlar los componentes
de la crisis, movilizando los recursos familiares y del entorno
social para ayudar a la familia a encontrar un nuevo equilibrio.
Aquí se trata, por lo tanto, de ofrecer una terapia a la
situación de crisis. La recuperación terapéutica
de la familia comienza cuando ésta encuentra en su entorno
la solidaridad y los recursos necesarios para equilibrarse nuevamente.
En esta situación, los padres son conscientes de estar
sobrecargados por una serie de tensiones y de estrés, y
son capaces de reconocer su violencia. Cuando se trata de una
agresión extra-familiar por ejemplo, cuando el niño
o los niños han sido agredidos por un agresor sexual extra-familiar
los padres se muestran sensibles al sufrimiento y se identifican
con el niño víctima. Por lo tanto, en este caso
los adultos están o se presentan deseosos de ser ayudados
y muchas veces son ellos mismos los que piden ayuda a los diferentes
servicios existentes. A pesar de sus comportamientos violentos,
han mantenido su dignidad y pueden diferenciar entre sus comportamientos
habituales y aquellos provocados por el desbordamiento como consecuencia
de la crisis.
Antes de provocar un funcionamiento maltratador, estas familias
funcionaban como familias suficientemente sanas, poseedoras de
una organización armoniosa asociada con imágenes
positivas que los diferentes miembros de las familias habían
podido construir a través de su historia. Esto es lo que
permite a los padres tener acceso a una autocrítica en
relación a su gesto, dando a los niños la posibilidad
de expresar su sufrimiento y de manifestar un rechazo a la situación
de maltrato de la que son víctimas. Con un apoyo exterior,
es posible provocar los cambios necesarios para que se establezca
otro modo de comunicación, haciendo desaparecer el riesgo
de comportamientos de maltrato.
Cualquier familia suficientemente sana puede presentar comportamientos
maltratadores en situaciones de acumulación de tensión
y estrés que sobrepasan su capacidad para enfrentar y regular
la agresividad provocada por estos factores. Los comportamientos
maltratadores son generalmente físicos, a veces tensión
emocional y manifestaciones de descuidos temporales, pero nunca
de abuso sexual. El abuso sexual es siempre producto de una fenomenología
crónicamente maltratadora.
La intervención socio-judicial y terapéutica de
las dictaduras familiares
El segundo grupo de familias corresponde a lo que hemos llamado
las “familias crónicamente maltratadoras” o
“transgeneracionalmente maltratadoras”, en las cuales
los procesos de maltrato juegan un rol homeostático porque
mantienen "una cultura familiar" que se transmite de
generación en generación. La violencia intra-familiar
es aquí la consecuencia de una ausencia de posibilidades
de cambio, un modelo de funcionamiento repetitivo de una estructura
familiar a menudo rígida y petrificada. En estos casos,
las posibilidades terapéuticas comienzan por la producción
de una crisis generada por una intervención que proviene
del ámbito socio judicial. Nuestra experiencia con este
tipo de familias nos ha enseñado a valorar la utilidad
de la crisis social como instrumento terapéutico. Se trata
aquí de desequilibrar el orden familiar violento desde
lo social, pero al mismo tiempo ofrecer un encuadre terapéutico
favorable a la familia, para permitirle que evolucione hacia un
nuevo estado de funcionamiento no violento. (Barudy, J., 1991)
A diferencia de este grupo familiar con el anterior, los padres
no tienen ninguna conciencia del carácter abusivo de sus
comportamientos, considerándolos como normales y legítimos,
por lo tanto, no tienen ninguna demanda de ayuda y son refractarios
a cualquier tipo de intervención. En este sentido, el primer
desafío que presentan estas familias es el de tener que
ayudarles en una situación paradojal creada por la "coacción"
social y/o judicial. Por otra parte ,uno de los requisitos para
una alianza terapéutica entre los miembros de la familia,
particularmente los padres y los terapeutas, es la confidencialidad.
Para enfrentar esta situación y asegurar la protección
de los niños por una parte y ofrecer una ayuda terapéutica
coherente, nuestro modelo separa en dos fases y momentos la intervención
terapéutica: (Barudy, J., 1994).
a) La intervención social terapéutica;
b) La terapia con la familia..
Cuando este proceso es coordinado a partir del ámbito terapéutico,
conviene que sea conducidos por equipos de profesionales diferentes
que corresponden a los niveles 1 y 2 del modelo de organización
piramidal. Por ejemplo una diadas psico-sociales formadas por
un(a) psicólogo y un (a) trabajador social. Esta diada
es designada por la red, o por el equipo especializado, en concertación
con los recursos profesionales del nivel 2 y a veces del nivel
3.
Una diada se encarga de conducir la intervención socio-judicial
de la familia, y otra diferente ofrecerá mas tarde un encuadre
psicoterapéutico si existen las condiciones para hacerlo.
El vínculo entre estos dos momentos está constituido
por lo que llamaremos “el ritual de derivación”,
que corresponde al momento en que el equipo que intervino la familia,
la deriva al equipo terapéutico en una sesión en
presencia del todo el mundo.
Es importante además que los diferentes profesionales que
conocen a la familia y que constituyen a menudo una parte del
entorno social de ésta, sean contactados o movilizados
por los profesionales encargados de la intervención social
terapéutica, para un intercambio permanente con ellos coordinando
las informaciones y los recursos de ayuda existentes en estos
niveles.
La red debería siempre contar con un equipo que hemos llamado
de "Servicios Generales", para apoyar los equipos de
intervención. Este Servicio esta formado por un psiquiatra,
un pediatra y un abogado. Estos profesionales constituyen una
fuente importante de recursos tanto para la unidad de intervención
social como para la unidad terapéutica de la familia .
Por ejemplo, el psiquiatra es un recurso fundamental para diagnosticar
las patologías psiquiátricas de los padres, el pediatra
para manejar la hospitalización de los niños, y
el abogado para coordinar los contactos del equipo de intervención
con las autoridades judiciales y/o administrativas, responsables
de la protección de los menores y del procesamiento de
los padres.
Una de las ventajas de la existencia de equipos especializados
en una sociedad ,es poder ofrecer recursos de coordinación
al conjunto de los profesionales que trabajan en la red en una
área. En ausencia de estos equipos especializados, la organización
y coordinación de los recursos existentes requiere de mayor
esfuerzo. La dificultad en esta situación es llegar a un
consenso para determinar cual institución y que profesionales
son los mas aptos para intervenir a nivel socio judicial, quienes
para ofrecer apoyo terapéutico a los diferentes miembros
de la familia y quienes para ofrecer los Servicios Generales.
Otro desafío en ausencia de equipos especializados es la
organización y coordinación de todas estas unidades
con las estructuras administrativas y judiciales responsables
localmente de la protección de los niños.
La
restauración de la ley a través de la Intervención
Social y/o Judicial
En
nuestro modelo de intervención, distinguimos tres alternativas
sobre para obtener la protección de los niños y
la restauración de la ley. en la familia
A)
Una intervención a través de la autoridad simbólica
de los profesionales (médico, psicólogo, asistente
social) sin participación del sistema judicial.
B)Una intervención a través de la justicialización,
es decir el señalamiento de los hechos abusivos a la justicia.
C) La creación de espacios intermediarios para la evaluación
y el pronostico de la situación.
A)
La protección infantil y la restauración de la ley
a través de la autoridad del Terapeuta.
La idea de desjusticializar el manejo de la situaciones del maltrato
infantil, es uno de los enfoques en boga en algunos países
europeos. Esta opción intenta evitar la victimización
secundaria de las niños provocada por los procedimientos
judiciales. Al mismo tiempo de ofrecer una alternativa de rehabilitación
a los padres agresores exclusivamente a de una ayuda terapéutica.
Este enfoque defiende la idea que en casos de maltrato en donde
los padres no tienen como propósito dañar a sus
hijos, pero no conocen otro modo de relación con ellos,
es posible asegurando la confidencialidad terapéutica a
los participantes del drama del maltrato de obtener cambios favorables.
En nuestro programa aplicamos esta concepción, solo en
caso que los adultos de la familia pueden asegurar la protección
de los niños, evitando las recaídas y comprometiéndose
al trabajo terapéutico con los miembros de nuestro equipo.
En la de la situación se pone un énfasis especial
en conocer el grado de plasticidad de la familia tanto en sus
posibilidades de cambio de su funcionamiento, como en sus recursos
para integrar la noción de la ley.
El instrumento para lograrlo es la autoridad del terapeuta, basada
en su rol, en su mandato y sobre todo de su competencia.
La Autoridad de un terapeuta se transforma en posibilidad de cambio,
solo sí los padres abusadores reconocen la necesidad de
ser ayudados. Es decir, para que esto ocurra la relación
formal de autoridad debe transformarse en una relación
interpersonal significativa, donde el terapeuta es reconocido,
en su autoridad psicológica y en su discurso, como representante
simbólico de una ley social alternativa a las leyes familiares
abusivas.
Esto es posible, en nuestro modelo por ejemplo, en familias en
donde los adultos se transformaron en maltratadores en un momento
de crisis del sistema familiar. A pesar de los gestos violentos
reconocen la ilegalidad de sus actos y están abiertos y
dispuestos a recibir la ayuda necesaria para superar la situación.(Barudy
1991)
Otra situación puede ser, en los casos de familias negligentes,
donde los niños son abusados por carencia de cuidados más
que por malos tratos. En estos casos la autoridad y el discurso
del profesional puede ser reconocidos como fuerzas dinámicas
(dependiendo de la voluntad y la capacidad de los padres "negligentes")
para aceptar la ayuda necesaria que les permita mejorar sus competencias
parentales.
B)
La justicialización como necesidad terapéutica.
Como ya lo hemos enunciado anteriormente, desgraciadamente existen
situaciones trágicas en donde la violencia familiar y en
particular los maltratos y los abusos sexuales son el resultado
de un modo de vida, casi siempre transgeneracional. Lo que implica
que estos gestos son la única forma que los adultos han
encontrado, para estar en el mundo y reproducir su mundo.
El drama de estos adultos, radica en que están atrapados
en número limitado de creencias y comportamientos que los
empujan a transgredir repetitivamente las leyes fundamentales
que protegen la vida y la integridad bio-sico-social de los niños.
En estos casos la autoridad y la palabra del terapeuta no es suficiente
para introducir dinámicas de cambio e integración
de la ley.
Es solo la crisis, resultado de la confrontación con la
autoridad del sistema judicial, en tanto poder formal legítimizado
en una estructura institucional de la sociedad, que podrá
restituir la legalidad social al interior de la familia abusadora.
En esta perspectiva, la articulación entre servicios terapéuticas
y los servicios judiciales aparece como necesaria para asegurar
con la fuerza de la ley, la protección de los niños,
el enjuiciamiento de los comportamientos abusivos y abrir las
posibilidades de un proceso de rehabilitación para los
abusadores y maltratadores.
Para que esto sea posible el sistema judicial debe justamente
hacer justicia, permitiendo el debate contradictorio entre las
partes implicadas, al mismo tiempo que proteger el derecho a la
defensa considerando sobre todo al niño en sus derechos
y en su difícil situación de ser niño o niña
y además hijo o hija de sus padres maltratadores y/o abusadores.
Esto plantea cambios profundos en la lógica judicial "adultista"
tal cual se práctica en la mayoría de los países.
Cada sociedad debe responder el desafío de crear instrumentos
para que el niño o niña tenga un verdadero lugar
en los procesos judiciales. Así, por ejemplo considerar
que lo que el diga, (y no solo lo que muestre) como pruebas a
su favor. Algunas medidas ya existentes, como considerar el testimonio
de los niños como prueba o la designación de un
abogado para los niños, son cambios alentadores en el este
sentido de una justicia más justa para los niños.
Una experiencia piloto llevada a cabo desde hace dos anos por
la fiscalia de Bruselas que consiste en haber incorporado psicólogos
a sus servicios, quien con un policía ad-hoc recogen el
testimonio de los niños maltratados y/o abusados sexualmente.
Esta declaraciones son al mismo tiempo filmadas en video y el
adulto maltratador es interrogado a partir la confrontación
con el video. Esto evita a la victima dos experiencias altamente
traumáticas: la que tener que repetir varias veces su declaración
y el careo con sus agresores.
En este tipo de alternativa los miembros de los equipos terapéuticos
aseguran a largo plazo una ayuda terapéutica al niño
y al conjunto de los miembros de la familia, abusadores incluidos.
El proceso terapéutico no termina con la intervención
judicial al contrario, esta crea el marco para iniciar une verdadera
terapia, es decir una intervención basada en la justicia
y en el respeto de los derechos de todos.
En el caso de nuestras prácticas, muchos años de
trabajo clínico y de reflexión en torno al lugar
de la ley en la intervención terapéutica en casos
de maltratos graves y crónicos y en casos de incesto, nos
han permitido gracias a la presencia de un jurista en nuestro
equipo, dialogar con jueces y magistrados del sistema judicial
de Bruselas. A través de esto, visualizar los puntos de
intersección posibles entre lo judicial y lo terapéutico
existentes ya en los procedimientos judiciales existentes.
A la hora actual, en Bruselas, la Fiscalía de menores y
los jueces de menores, pueden exigir, por ejemplo, a un padre
incestuoso de abandonar provisoriamente el domicilio familiar
y motivar a éste y a la familia a un tratamiento terapéutico
en nuestro equipo.
Por otra parte, poco a poco, los magistrados encargados de enjuiciar
a los culpables, aceptan la posibilidad de la libertad condicional
de los abusadores, a cambio de su participación en nuestro
programa, así como medidas de remisión de pena,
si existe una motivación seria de los abusadores de comprometerse
en un proceso de cambio.
Los resultados alentadores de nuestras prácticas, nos convencen
que una justicia aplicada justamente permite un nuevo marco de
referencia para todos los implicados. En este marco los niños
pueden resituar sus experiencias en un nuevo orden ético
y moral, alternativo al mundo totalitario que habían conocido
en sus familias. Al mismo tiempo que los abusadores tienen la
oportunidad de replantearse sus concepciones abusivas, haciendo
a través del dialogo terapéutico las relaciones
necesarias entre sus gestos, los elementos dramáticos de
su propia historia y las alternativas posibles para superar los
diversos grados de determinismo histórico que los convirtieron
en maltratadores y/o abusadores de sus hijos.
C)
La creación de espacios Intermediarios.
En un gran número de situaciones es imposible evaluar,
a corto plazo, los recursos, la receptividad y la plasticidad
estructural de la familia frente a la intervención social.
Así mismo es difícil evaluar los riesgos y las ventajas
de la justicialización, para el cambio del funcionamiento
familiar, y las necesidades de los niños.
Es por esto, que utilizando nuestra autoridad fijamos a la familia,
un marco que nos permita el tiempo necesario para esta evaluación.
En esta óptica fijamos un programa de trabajo evaluativo
con los diferentes miembros de la familia, en condiciones que
aseguren la protección de los niños víctimas
del maltrato mediante dos vías.
a) La separación provisoria del niño de su familia,
acogiéndolo en el servicio de pediatría, en una
institución especializada en la acogida de niños
en situación de crisis o en un programa de acogimiento
familiar.
b) Exigir el alejamiento del maltratador y/o abusador sexual del
seno de familia. Esta medida es adoptada en los casos que el otro
padre, o una parte de la familia ampliada (abuelos, tíos,
etc.) muestren características adecuadas para garantizar
el alejamiento del abusador y la protección de los niños
mientras dura el proceso de evaluación.
Son los elementos recogidos en este proceso de evaluación,
reflexionados en el marco de nuestro trabajo interdisciplinario
que nos permite decidir por la opción de trabajar con o
sin marco judicial.
Los
parámetros que utilizamos para optar por la justicialización
son los siguientes:
1) El grado de vulnerabilidad del niño. Esta vulnerabilidad
es determinada por una parte por la poca edad del niño
y por otra parte por la ausencia de alternativas de protección
en la familia misma y en el entorno familiar inmediato.
2) El carácter grave y repetitivo de los gestos maltratadores,
de abandono y de abuso sexual y el grado de deterioro importante
en la salud del niño.
3) Una dinámica familiar altamente disfuncional, sobre
todo en lo que se refiere a la integración de la ley, así
como la ausencia de motivación y de cooperación
con la intervención social.
4) Trastornos graves de la personalidad de los adultos responsables
de los cuidados del niño, por ejemplo toxicómania,
alcoholismo, pedofília, psicosis, etc.
Los
diferentes componentes de la intervención
Como
ya hemos señalado, la intervención social terapéutica
es un conjunto de acciones destinadas a preparar las condiciones
para establecer un proceso terapéutico de la familia maltratadora,
que consta de las siguientes acciones:
1.
La detección y manejo de la revelación:
Es posible sólo gracias a la acción de los adultos,
que en el entorno del niño, muy a menudo en el entorno
escolar, son capaces de establecer relación entre las marcas
físicas y ciertos comportamientos que expresan un sufrimiento
en el niño, pudiendo deberse a situaciones de maltrato.
Estos adultos son capaces de ofrecer a los menores espacios de
comunicación donde éstos puedan, al reconocerse
como víctimas, denunciar su situación.
Desarrollar en los adultos la capacidad de escuchar y apoyar a
los menores que revelan los malos tratos de que son objeto, es
una acción fundamental en toda organización que
se proponga a ayudarles. Esto implica que todos los profesionales
que pertenezcan al tejido no familiar del niño, sean capaces,
a través de una formación pertinente, de reconocer
los signos y síntomas que constituyen los indicadores directos
e indirectos del maltrato infantil.
Manejar una revelación significa escuchar lo que el niño
nos dice, o bien, interrogarlo en relación a nuestras inquietudes
de una forma no sugestiva y respetuosa. Se trata de apoyarle ofreciéndole
protección y al mismo tiempo una oferta de ayuda terapéutica
para él y sobre todo para sus padres presuntos maltratadores.
La escucha "no sugestiva" aparece como una necesidad
fundamental, en la medida que los programas se desarrollan en
colaboración con los sistemas judiciales. Puesto que la
credibilidad del niño y la existencia de pruebas materiales
son factores fundamentales en la acción de los Tribunales
de Justicia, tanto para tomar medidas de protección como
para procesar a los padres violentos, los profesionales nunca
deben desestimar esta necesidad de una escucha no sugestiva. Es
imperativo que los profesionales de los diferentes ámbitos
organizados en una red tengan la capacidad de responder a las
inquietudes del niño, abordando sus preocupaciones sobre
lo que va a pasar con él y su familia, por el hecho de
haber revelado la situación de maltrato.
Junto con romper la dinámica de la indiferencia, transmitiendo
al niño nuestro interés por lo que le pasa, es importante
asegurarle que nuestra intervención no está destinada
a dañar ni a él ni a su familia, sino sobre todo
a crear condiciones para que cambie su situación de niño
maltratado. En este sentido, el niño deberá ser
informado rápidamente de que es necesario señalar
su situación al organismo competente, ya sea social o judicial,
responsable de su protección.
2.
La Notificación o el Señalamiento
A diferencia del proceso relacional del manejo de la revelación,
el señalamiento o la notificación es un acto que
consiste en trasladar el problema que afecta al niño del
dominio privado al dominio social. Los profesionales que acogen
el señalamiento de niños maltratados pertenecen
habitualmente a un organismo, ya sea social o judicial, instaurado
por la sociedad para garantizar la protección y ayuda a
los menores que lo necesitan. A partir de nuestra práctica
en los equipos S.O.S Enfants- Famille, hemos desarrollado un modelo
de manejo de señalamiento que consiste en dos procedimientos:
análisis del contexto y de la demanda de la denuncia, y
el proceso de validación.
a) Análisis del contexto y del contenido de la demanda
en el señalamiento:
Cada vez que se realiza un señalamiento a la autoridad
competente tenemos que considerar que éste implica informaciones
a diferentes niveles; el análisis de estos diferentes niveles
corresponde a lo que llamamos “ análisis del contexto
del señalamiento”. Por un lado, debemos considerar
que todo gesto de señalamiento de una situación
de maltrato expresa en primer lugar un carácter solidario
y altruista del señalador. Por otro lado, no se debe olvidar
que este señalamiento es una información sobre el
carácter conflictivo de la situación en la cual
se encuentra este señalador, esto puede ser expresión
de sus propias angustias o de sus inquietudes en relación
a las consecuencias que su gesto puede tener para él o
ella, ya sea en el sentido de verse implicado en un procedimiento
judicial donde no quiere participar, o bien ser el objeto de represalias
por parte de los miembros adultos de la familia señalada.
Esto explica la importancia que hemos dado en nuestro programa,
a sostener y reconocer el gesto de aquél o de aquella que
señala, pero al mismo tiempo de analizar con él
o ella el contexto en el cual emerge este señalamiento,
así como los riesgos visualizados por este señalador.
Es de especial interés además analizar el contenido
implícito y explícito de la demanda del señalador,
en la medida que muchas veces éste de una forma implícita
tiene también una proposición sobre la forma de
cómo ayudar al menor y/o intereses en la situación.
Por ejemplo, el señalador (a) puede estar en conflicto,
ya sea con la persona señalada directamente como maltratadora
y/o con el conjunto de la familia a la cual pertenece el menor.
Es importante considerar que el significado de un señalamiento
depende del contexto en el cual éste se produce, así
como de la persona que lo realiza. Por ejemplo, la dinámica
de una madre en proceso de divorcio, señalando que su hijita
le ha revelado un abuso sexual por parte de su ex-marido, con
quien ella se encuentra en una situación de conflicto intenso
por la custodia de la niña, es totalmente diferente al
señalamiento de un profesor a quien un niño ha podido
confiarle el contenido de su drama a partir de la confianza establecida
con él. En estas dos situaciones, el manejo del señalamiento
será totalmente diferente y el enfoque de ayuda dirigida
al menor deberá tomar en cuenta esta diferencia de contexto.
Es responsabilidad de los profesionales que trabajan en las instancias
sociales examinar a través de una pauta de validación,
los elementos que permitan confirmar la situación de maltrato,
independientemente de la subjetividad y del clima emocional impuesto
por el señalador.
b)
El proceso de validación:
El proceso de validación consiste en establecer un procedimiento
destinado a confirmar o informar el contenido de un señalamiento.
No se trata de realizar un diagnóstico objetivo; a menudo
en nuestros programas utilizamos el término de “convicción”
para insistir sobre el hecho de que en la mayoría de las
situaciones de maltrato, salvo el maltrato físico donde
las marcas son evidentes, es imposible " objetivar"
la existencia de malos tratos. La convicción es el resultado
de lo que hemos llamado un proceso "subjetivamente científico"
que se basa en el compromiso ético de los profesionales
y en el análisis de los datos recogidos en el marco de
una dinámica multidisciplinar.
La
validación es un procedimiento destinado a:
* Afirmar la existencia de malos tratos, determinando su naturaleza.
* Determinar los factores de gravedad, que dependen del contenido
de los malos tratos, del grado de daño sobre el niño
así como de los riesgos de reincidencia. Todo esto servirá
para determinar el grado de urgencia de intervención.
* Evaluar los aspectos disfuncionales de la dinámica familiar,
sus recursos, así como su plasticidad estructural para
determinar su posibilidad de cambio.
* Determinar el mapa de la red de instituciones y profesionales
que se ocupan de la familia como de la red social informal.
* Proponer las medidas de protección del niño y
la ayuda terapéutica más adecuada considerando al
niño y su familia.
Parte
importante de este procedimiento de validación descansa
en la capacidad del profesional de poder realizar una entrevista
de investigación no sugestiva, para permitir al niño
de comunicar el contenido de su drama al cual puede estar sometido.
Las
entrevistas de investigación
Las entrevistas con los niños se insertan en un proceso
donde son necesarias numerosas sesiones. El profesional deberá
resistir a las presiones de todo tipo para respetar el ritmo del
niño tomando el tiempo que sea necesario. El niño
tiene que ser recibido en un medio neutro, solo o acompañado
de un adulto de confianza, sintiéndose todo el tiempo apoyado.
La desdramatización es importante así como la transmisión
de mensajes que le inspiren seguridad; mensajes como "Aquí
recibimos a menudo a otros niños que han vivido lo mismo
que tú y que tienen la misma dificultad para contarnos
lo difícil de su situación...", ayudan al niño
a que deposite la confianza en el adulto responsable de las entrevistas.
El profesional siempre tendrá presente la necesidad de
colocarse en el lugar del niño adaptando su vocabulario
a su realidad así como su percepción del tiempo,
tratando de disminuir su ansiedad en cada momento.
3.
El desencadenamiento y el manejo de la crisis familiar
La
confrontación de los padres presuntamente maltratadores
con los resultados del proceso de validación, introduce
una perturbación importante en el equilibrio de la familia.
Es en este momento donde se expresa la disponibilidad de la familia
a ser ayudada. La crisis familiar desencadenada por la intervención
de los profesionales debe mantenerse mientras sea necesario para
el quebrantamiento del funcionamiento violento y abusivo de los
adultos de la familia. Mantener la crisis impide toda reestructuración
familiar alrededor de la descalificación del discurso de
la víctima o la negación de los hechos. Para obtener
un resultado positivo de esta situación de crisis, hay
que respetar una sucesión de etapas. Así, el resultado
de la validación debe ser expuesto en un clima de firmeza
y de respeto para las reacciones defensivas de la familia.
Para ilustrar este diálogo confrontantador con los padres,
vamos a presentar el caso de una niña pequeña de
8 meses, hospitalizada en el Servicio de Pedriatría en
estado inconsciente con fractura de cráneo y al mismo tiempo
desprendimiento de las partes superiores de los húmeros
de los dos brazos:
Profesional:
Todo lo que nosotros sabemos es que Uds. trajeron a su hijita
en un estado de inconsciencia, con una fractura de cráneo
y una doble fractura de los bracitos que es el resultado seguramente
de una situación de descontrol, como si alguien la hubiera
tomado por los brazos y lanzado lejos. El resto son ustedes quienes
lo saben. Pero para poder ayudar a su hijita y a ustedes es necesario
saber la verdad.
Padres:"¿Cómo? yo no sé nada, yo no
sé nada. Estábamos lavándola en el lavabo,
no me acuerdo lo que pasó. Seguramente debió golpearse
la cabecita en el lavabo, suponemos. Yo no sé muy bien
lo que sucedió. La encontramos rara, lo único que
recuerdo es haberle dado una palmada en el trasero, es lo más
probable, ¡si, yo creo que le di una palmada, no me acuerdo!
Profesional: Lo más probable es que Ud. estaba tan enojado
en ese momento que no se acuerda de lo que hizo.
Padre: ¿Qué es lo que quiere decir con eso? Nosotros
no le hicimos nada a nuestra hija..
Profesional: Ud. estaba tan enojado, ella estaba llorando, Uds.
no sabían que hacer y seguramente perdieron la cabeza.
Padre: Ya le he dicho, ya le he repetido mil veces , yo no he
martirizado a mi hija, yo no soy ningún loco, no soy ningún
sádico.
Profesional: Su hija recibió golpes y eso no paso así
sin más.
Padre: Nosotros lo que queremos es que nos devuelvan a nuestra
hija.
Profesionales: No es posible, para proteger a vuestra hija ella
debe quedarse en el Hospital el tiempo que sea necesario y esto
además es para protegerles también a Uds. Vamos
a poner la situación en conocimiento del Juez de Menores
para organizar con ellos la manera de ayudar mejor a su hija y
para poder ayudarles. Estamos convencidos que de esta manera también
los protegemos, porque se trata de su hija. Si Uds. hicieron esto
es probable que fuera porque vivieron experiencias similares cuando
fueron niños y seguramente nadie los protegió. Protegiendo
a hija nosotros estamos dándole la ayuda que nadie les
dio a ustedes en el pasado.
La constitución de una red de profesionales que funcione
a largo plazo alrededor de cada familia que produce maltrato infantil,
deberá crear una dinámica solidaria entre los profesionales
y la familia; a este proceso le hemos llamado“Tribalización”.
La red de profesionales deberá no solamente intercambiar
sus competencias en términos de cuidado hacia la víctima
y su familia, sino también asegurar la protección
de las víctimas, confrontando a los responsables de esta
violencia ante la ley a través de la concertación
con sistemas judiciales y/o con las autoridades sociales responsables
de la protección de los niños y motivando a los
padres a participar en los procesos terapéuticos. Es necesario
movilizar de una forma constructiva la red psicosocial afectiva
del niño y la familia, es decir, a aquellas personas o
sistemas informales que existen en la comunidad de pertenencia
de la familia así como a los diferentes miembros de la
familia ensanchada. He aquí un ejemplo concreto:
"La pequeña "M" de 7 años, de origen
africano, menor de una familia de 4 niños, había
sido señalada en diferentes ocasiones por la enfermera
escolar y por los profesores, por presentar marcas de correazos
en su cuerpo. Como consecuencia del último señalamiento,
la enfermera decide contactarse con nuestro programa. La validación
realizada por profesionales de nuestro equipo permitió
establecer que la niña había sido maltratada por
su padre en el cuadro de una dinámica educativa. La menor
presentaba además trastornos de comportamiento desde que
su padre se había vuelto a casar, debido a la muerte de
la madre, después de tres años de enviudar. Después
de haber hablado y llegar a acuerdos con un conjunto de profesionales
que conocían la familia, decidimos convocar al padre y
a la madrastra a una reunión para discutir las dificultades
de la pequeña "M". Al mismo tiempo, pedimos al
padre que invitara a todos los miembros de la familia que podrían
ayudarnos en todo lo relacionado con sus dificultades familiares
y con su hija. El día de la reunión, asistieron
17 miembros de la familia, lo que sobrepasó nuestras expectativas.
Tuvimos que buscar sillas para todo el mundo. El desarrollo de
la reunión fue muy constructivo, pues nos permitió
comprender mejor las dificultades familiares relacionadas no solamente
con la muerte de la madre de los niños y el nuevo matrimonio
del padre, sino también con los elementos estresantes ligados
a la situación de inmigración y la existencia de
creencias educativas que justificaban la violencia. De esta manera,
la pequeña fue acogida temporalmente en la familia de una
hermana del padre, comenzando a su vez un trabajo terapéutico
con la familia".
Para garantizar la protección de los menores, es necesario
coordinarse con las autoridades administrativas y judiciales responsables
de la protección; esto permite además mantener la
crisis y dar el tiempo necesario para el establecimiento de cambios
positivos en la familia. El marco judicial permite además
un debate contradictorio entre las diferentes partes implicadas,
asegurando el derecho a la defensa así como las posibilidades
de rehabilitación para el adulto abusado (Wusttelfd P.A.,
1992).
4.
La Protección de los Niños
Ya
se trate de una familia en crisis o de una familia crónicamente
perturbada, los profesionales tienen como tarea fundamental valorar
los riesgos que corren los niños y tomar las medidas necesarias
para protegerlos; haciendo esto protegen también al conjunto
de los miembros de la familia. Desde el momento en que los profesionales
estamos al tanto de una situación de maltrato, somos también
responsables de la vida del niño, de su protección
y de la preservación de su desarrollo. Por lo tanto, la
tarea de protección del menor es la punta de lanza de la
Intervención Social Terapéutica. Esto se puede llevar
a cabo de diferentes maneras. En su elección hay que considerar
aquella que cause el menor daño posible al niño
y que facilite el trabajo con los padres. Dicha modalidad se ha
utilizado fundamentalmente en los casos de familias que provocaron
maltrato en situaciones de crisis y por lo tanto se encuentran
motivadas y movilizadas para colaborar con la acción terapéutica.
La separación provisional del niño lo aleja temporalmente
de su medio familiar maltratador, asegurándole cuidados
sustitutivos de calidad, y dando a su vez el tiempo necesario
para evaluar las posibilidades de la familia y del pronóstico
en relación a un trabajo terapéutico a largo plazo.
La institución de acogida pasa así a ser parte del
tejido social terapéutico. Por lo tanto, los educadores
y los diferentes miembros de la institución son incorporados
a la red como recursos terapéuticos importantes. En otros
casos se tratará de acoger a la madre y a veces al padre
con el o los niños en un hogar familiar. Esta medida puede
ser muy útil sobre todo en el momento de la crisis provocada
por el señalamiento.
La separación a largo plazo del niño puede ser una
medida necesaria en situaciones de alto riesgo, que por su cronicidad
y su amplitud crean un peligro para su vida y su desarrollo. Se
trata aquí de situaciones de maltrato físico, negligencia
y/o de abuso sexual que se producen en familias terriblemente
deficientes y refractarias a la ayuda terapéutica. En este
caso, la víctima se beneficia de un medio de acogida alternativo
a la familia. Pero de todas formas hay que prevenir con todos
los medios posibles la ruptura de vínculos entre el niño
y su núcleo familiar.
En
nuestro programa, hemos tratado de facilitar la creación
y mantenimiento de vínculos entre la familia y el medio
de acogida del niño, a través del proceso de tribalización,
considerando a los miembros del medio institucional como una "familia
ampliada adoptiva". Otra medida para la protección
de los menores es el alejamiento del padre o de la madre abusador
sobre todo en los casos de incesto. Esta exigencia protege a la
víctima de eventuales recidivas, creando una distancia
entre ella y su abusador que va a facilitar por analogía
la experiencia de la diferenciación. Esta medida es muy
importante puesto que evita la situación paradójica
en la cual muy a menudo las víctimas deben ser internadas,
es decir, son ellas las que tengan que salir de su medio familiar
y vivir la experiencia de desarraigo. A la vez, dicha medida se
convierte en un agente de crisis y al mismo tiempo en una apertura
hacia el cambio permitiendo al mismo tiempo que cada subsistema
en el seno de la familia tenga la posibilidad de vivir experiencias
alternativas, especialmente en lo que se refiere a un acercamiento
del padre no abusador con sus hijos.
B.
El trabajo terapéutico con la familia
Corresponde al proceso consecutivo de la Intervención Social
Terapéutica. Como ya se ha señalado, los padres
de familias crónicamente maltratadoras tienen poca conciencia
de ser maltratadores; para ellos, con frecuencia se trata de la
única forma de relación con sus hijos que han conocido.
A menudo estos padres tratan a sus hijos de la misma manera en
la que ellos fueron tratados, por lo tanto, la protección
del niño y el control de las situaciones de maltrato no
son suficientes para potenciar un cambio y lograr que integren
otras formas de comunicación que excluyan los actos violentos;
hay que hacer todo lo necesario, entonces, para ofrecerles una
ayuda que les permita conocer modos de relación y de comunicación
en los cuales todos los miembros de la familia sean respetados.
El desafío del enfoque psicoterapéutico es facilitar
este cambio usando todas las posibilidades de diálogo con
estos padres. Una vez que la unidad de intervención social
ha terminado su trabajo de validación, que el niño
está protegido y la familia ha sido movilizada para el
trabajo terapéutico, los miembros de esta unidad, en un
ritual de derivación hacia el equipo terapéutico,
presentan a los futuros terapeutas, en presencia de la familia,
los elementos más importantes que los llevaron a intervenir.
De esta manera, se co-construye un marco de trabajo psicoterapéutico
que deberá permitir la confidencialidad del contenido de
las sesiones a realizar, y al mismo tiempo mantener un control
sobre el compromiso de la familia en este proceso. En esta reunión
de derivación, los terapeutas deben asegurar a la familia
que no saldrá del marco terapéutico ninguna información
sobre el contenido de las sesiones, y que solamente los miembros
de la unidad de intervención social así como las
autoridades competentes sabrán si la familia continúa
o no el trabajo terapéutico y si existe el riesgo de recaída.
En los casos de terapia coactiva, bajo coacción judicial
y/o administrativa, se precisa que los terapeutas no tendrán
ningún contacto directo con esta instancia, siendo la unidad
de intervención social la que mantendrá el contacto
permanente con ellos.
Nuestro modelo terapéutico se basa, entre otros, en el
concepto de "parcialidad multidireccional" introducido
por Borzomengi-Nagy (1980). En este enfoque se trata siempre de
transmitir al conjunto de la familia lo que llamaremos los “dobles
mensajes terapéuticos”, compuestos por los mensajes
siguientes:
“No podemos aceptar lo que los adultos han hecho a los niños,
pero estamos seguros de que si hubieran podido evitarlo no lo
hubieran hecho. Por lo tanto, esto debe tener una explicación;
vamos a trabajar juntos para tratar de encontrarla. Vamos a encontrar
en la historia de cada uno de los elementos que podrían
ayudarnos a comprender lo que pasó. Comprender no quiere
decir borrar lo que pasó y justificar el daño que
Uds. provocaron a sus hijos, pero esto es sobre todo una posibilidad
de liberarse del peso del pasado para poder decidir libremente
cambiar. Nuestra experiencia con otras familias nos ha enseñado
que a menudo los padres que no han podido amar correctamente a
sus hijos no han sido ellos mismos amados. "No se puede dar
lo que no se ha recibido". Si esto corresponde a su caso,
pensamos que ustedes han sido víctimas de una doble injusticia,
primero en tanto niños y en seguida en tanto adultos. Durante
toda vuestra infancia , seguramente recibieron el mensaje de que
eran malos y ahora están acusados de ser malos padres.
Para salir de este círculo infernal de injusticia, vamos
a tratar de ayudarles”
La terapia junto con la familia nos parece una dinámica
social que debe dar a cada uno la ocasión de dialogar consigo
mismo y con los otros miembros de la familia, directamente cuando
se trata de miembros que fueron significativos en el pasado. A
través de las sesiones familiares o a través de
las sesiones individuales, de pareja o de las sesiones con los
niños, cada uno va asumiendo su responsabilidad en la producción
del drama, buscando individual y colectivamente nuevas alternativas
relacionales para reemplazar los modelos antiguos de abuso y de
violencia Se trata de facilitar la emergencia de nuevos modos
de comportamiento, de vincularse y amarse sin violencia dentro
de la familia. A medida que las sesiones transcurren, los terapeutas
y los diferentes miembros de la familia conversan sobre temas
como la agresividad, la violencia, el sexo, los cuidados adecuados
para los niños, los duelos, la ternura, el amor, el cuerpo,
la justicia y la injusticia, el odio, la corrupción, así
como las posibilidades de cambio y de exoneración de los
agresores en la búsqueda de una reconciliación de
la familia.
Nuestra acción terapéutica está destinada
a facilitar la confrontación de la familia con el reconocimiento
de sus recursos y sus responsabilidades, y si esto es posible,
facilitar entonces una reconciliación general a través
de lo que nosotros llamamos el trabajo de "exoneración
simbólica de los maltratadores". Potenciar los recursos
de la familia manteniendo una posición justa, permaneciendo
atentos a la situación de cada uno y considerando las relaciones
de poder, permite ayudar a los individuos así como al conjunto
de la familia a transformar las dinámicas abusivas en dinámicas
altruistas, recobrando de esta manera lo que llamamos "la
biología del amor" tal como ha sido desarrollado por
autores como Maturana y otros (Maturana, H.,1991).
El desafío fundamental con la familia maltratadora es lo
que hemos llamado la “humanización del sistema familiar”,
que consiste en promover un cambio destinado a recuperar su finalidad
en tanto sistema viviente y de crecimiento.
Los terapeutas utilizan las técnicas más adecuadas
y trabajan con los subsistemas más indicados. Cualquiera
que sea la técnica de intervención terapéutica
utilizada, el modelo o la escuela escogida, la terapia consiste
en dar a cada miembro de la familia "la posibilidad de conversar"
sobre sus sufrimientos, ayudarles a enfrentar su dolor y descubrir
sus potencialidades para poder cambiar. En el caso de los padres
maltratadores, los terapeutas les ofrecerán el espacio
y tiempo necesarios para desenredar el hilo de sus historias transgeneracionales,
ayudándoles a tomar conciencia de sus propios sufrimientos
en tanto antiguos niños maltratados, abusados y/o descuidados.
Los terapeutas crean así espacios sociales que favorecen
la emergencia de la palabra, allí donde el pasaje al acto
maltratador, ya sea físico, sexual o negligente, reemplazaba
de una forma patológica abusiva los intercambios entre
los miembros de la familia. Este redescubrir de la palabra como
mediador de relación deberá permitir la emergencia
de dinámicas familiares en donde la agresividad, la sexualidad
y los cuidados hacia los menores adquirirán una forma ritualizada
que respeta los derechos e intereses de todos los miembros de
la familia, tomando en cuenta todas sus necesidades y capacidades
en del sistema. Todo este trabajo exige por parte de los terapeutas
un compromiso a largo plazo con las familias, una formación
adecuada y una supervisión permanente.
El trabajo terapéutico será diferente según
la posición y la participación de cada miembro de
la familia en el drama maltratador o abusivo. Así, se trata
de facilitar un trabajo terapéutico individual sistémico,
es decir, que cada miembro de la familia individualmente o por
grupos de pares reciba los cuidados necesarios para elaborar su
drama particular y singular. De esta manera, el trabajo terapéutico
con el padre maltratador no será nunca el mismo que con
la víctima, con el padre no protector o con el resto de
los hermanos. Es también fundamental la movilización
de los recursos presentes en el entorno de la familia para aportar
informaciones y ayudas concretas a los padres, así como
cuidados complementarios a los niños a través de
su incorporación en una guardería, proporcionando
las ayudas económicas indispensables para dar un mínimo
de recursos materiales a la familia, o incorporando a los padres
a asociaciones de padres para romper su aislamiento. En lo que
se refiere a la problemática del padre maltratador o abusador,
hemos introducido la noción de "exoneración"
en lugar de hablar de perdón, para marcar la idea que la
exoneración es un derecho que la víctima puede ejercer
si su abusador o su padre o madre maltratadora o negligente reconoce
sus errores y acepta la responsabilidad de los gestos y el daño
que ha podido ocasionar. En este sentido, la mayoría de
los profesionales que trabajan en este programa han tomado una
posición muy clara en contra de toda impunidad de los agresores
y de lo que es la “ideología del perdón”.
Por lo tanto, el proceso terapéutico que acompaña
a las víctimas de maltrato debe también facilitar
la expresión creativa de la rabia. Expresar la cólera
por el daño sufrido no implica denigrar a la persona del
padre o la madre que cometió tal acto, significa hacerse
justicia a sí mismo por el sufrimiento provocado por éste.
Lo mismo es válido en la expresión de cólera
en relación al padre que no fue capaz de proteger al niño.
La víctima tiene también el derecho de denunciar
y expresar su rabia hacia los otros miembros de la familia, que
no fueron capaces de darse cuenta de su sufrimiento. Esto también
es válido cuando los sistemas judiciales, ya sea por falta
de pruebas o por vicios en el procedimiento, no está en
condiciones de nombrar claramente al agresor dejándolo,
entonces, en la impunidad absoluta. La terapia tiene también
que ayudar a la víctima a superar su odio y su deseo de
venganza porque esto mantiene también un vínculo
destructivo con los abusadores. Se trata de ayudar a la víctima
a que supere estos sentimientos para hacer emerger en ella un
sentimiento de exoneración ayudándola así
a recuperar su libertad en relación a su agresor. Nunca
hay que olvidar que aquí se trata de agresores que pertenecen
al cuerpo familiar de las víctimas; por lo tanto, uno de
los objetivos fundamentales es ayudar a la víctima a salir
de la creencia de que es culpable de los malos tratos sufridos,
para que se reconozca como víctima. Aunque parezca extraño
ayudar a una víctima a reconocerse como tal, es uno de
los ejes fundamentales del trabajo terapéutico con niños
maltratados, puesto que lo que caracteriza a los procesos maltratadores
no son solamente los comportamientos que hacen sufrir a los niños,
sino además el que ellos tengan obligatoriamente que integrar
el discurso de los padres abusadores, es decir, que son merecedores
de lo que les pasa. La siguiente etapa es ayudar a las víctimas
a ser lo que nosotros llamamos “superviviente de la situación
maltratadora”, es decir, en combate permanente para superar
las secuelas provocadas por el proceso de victimización.
Por ejemplo, se les ayudará a mejorar su rendimiento escolar,
a tener mejores relaciones de confianza con los adultos o a aprender
a vivir y comportarse como niños; esto es lo que abre las
posibilidades para que los supervivientes del maltrato infantil
se transformen en lo que nosotros llamamos “vivientes”,
es decir, personas que aunque vivieron el sufrimiento profundo
de haber estado encerrados en estos dramas familiares, son capaces
de vivir sanamente dándole un sentido al sufrimiento, a
través de comportamientos altruistas y de protección
de sí mismos y de otras personas que sufrieron como ellos.
Una de las experiencias personales que ha marcado profundamente
mi historia y que me permitió comprender el valor liberador
de la idea de exoneración, es lo que viví en uno
de los viajes a mi país de origen, cuando casualmente me
vi cara a cara en una calle con el hombre que fue responsable
de la unidad militar que nos había torturado. Habían
pasado veinte años de aquella experiencia y la visión
delante de mí provocó, por una parte, una intensa
rabia, producto del recuerdo de mi sufrimiento y del de otros
compañeros, pero al mismo tiempo tuve un sentimiento de
compasión al constatar que ese individuo era ahora un pobre
anciano y que seguramente cargaba en su conciencia el sufrimiento
y la muerte de otros seres humanos. En ese momento, creo haber
logrado la "exoneración" de mi torturador; esto
no implica que le perdone, porque no podré nunca olvidar
mi sufrimiento ni los sufrimientos de mi familia y el de mis amigos.
Pero de alguna manera en este gesto compasivo pude liberarme de
lo que me quedaba de relación con mis antiguos torturadores.
Esto, en la medida que pude reconocerme como víctima dejando
a mis torturadores ahí donde debían quedarse, es
decir, en el pasado. Por lo tanto, ayudar a una víctima
de violencia a exonerar a su agresor quiere decir ayudarle a tomar
distancia a fin de que éstos pierdan su significado en
el proyecto existencial de la víctima. Pero para ello es
necesario que la víctima se reconozca como tal, teniendo
acceso a la información que le permita dar un sentido a
los comportamientos de su agresor, sobre todo cuando ha sido su
padre o su madre.
El reconocimiento de la responsabilidad del padre o madre como
maltratador, es un factor que favorece la recuperación
de las víctimas y es un signo importante de rehabilitación
de los agresores.
Junto con el trabajo terapéutico dirigido a los diferentes
miembros de la familia implicados en el drama maltratador, es
importante lo que hemos llamado los “procesos terapéuticos
institucionales”. Estos procesos pueden considerarse de
dos maneras: Primero, como una necesidad de que los sistemas institucionales
que trabajan con niños maltratados sean constantemente
ayudados para descontaminarlos de la tensión, el estrés
y la agresividad que se transmite desde los sistemas familiares
maltratadores hacia ellos. De aquí la necesidad de establecer
programas que permitan reuniones de trabajo, en las cuales los
trabajadores institucionales tengan la posibilidad de expresar
lo que viven, enriqueciéndose de las experiencias de sus
colegas y desarrollando actividades de autoformación; las
dinámicas de intervención y de supervisión
son un recurso fundamental para mantener estas terapias institucionales.
Segundo, como procesos que utilicen los espacios institucionales
para ofrecer ayuda terapéutica a los niños y a las
familias. Se trata que cada espacio institucional donde el niño
es acogido se transforme en un recurso terapéutico para
él, en el sentido de una comunidad terapéutica que
le permita elaborar el contenido de sus sufrimientos así
como de ofrecer modelos alternativos a sus padres.
III. Algunos aspectos específicos de la terapia en las
consecuencias de los abusos sexuales
La intervención terapéutica en los casos de abuso
sexual intra-familiar comienza cuando el niño o la niña,
al divulgar su secreto a otro niño o a un adulto exterior
a la familia se siente escuchado, apoyado y creído en lo
que cuenta. Desgraciadamente, existen todavía muchos adultos
incapaces de creer lo que los niños cuentan. En los casos
de incesto esta actitud es aún más nefasta, en la
medida en que una vez que la víctima ha decidido hablar,
si siente que no existe apoyo de la persona a quien dirige su
mensaje, es muy probable que no se atreva nunca a hablar por segunda
vez. Numerosas experiencias han demostrado que los niños
raramente mienten o fabulan en los casos de abuso sexual intra-familiar.
La minoría que lo hace, es empujada por presiones de otros
adultos y/o para denunciar otro tipo de problemas existentes en
la familia. Escuchar y creer lo que los niños dicen es
la única alternativa posible para poder ofrecer una ayuda
al niño o niña abusado sexualmente y a los miembros
de su familia.
Fases
del proceso de intervención
Nuestros equipos intervienen en el proceso de una familia abusiva
a partir del momento en que alguien, un adulto u otro niño,
a menudo externo a la familia y confidente de la víctima,
nos contacta para solicitar nuestra intervención. A continuación,
describiremos las etapas de este proceso:
Fase
de manejo de la divulgación: Nuestro modelo de intervención
comienza reconociendo el coraje y la creatividad del confidente
que puede ser una compañera (o) de la familia, el médico
de la familia, profesor, enfermera escolar, vecino, sacerdote,
etc., creyendo en lo que el niño o la niña ha divulgado
y tomando partido por él o ella, de esta manera, esta persona
es considerada como un recurso en manejo de la divulgación,.
En presencia de esta persona entramos en contacto con la víctima
y procedemos a la anamnesis que nos permite comenzar a comprender
el funcionamiento de la familia abusiva a través de lo
que la víctima nos dice. Nuestro programa ofrece inmediatamente
al niño un alojamiento provisional fuera de su familia,
que permite protegerle y al mismo tiempo mantenerle a distancia
de las reacciones que su divulgación provocará en
el abusador y en el conjunto de su familia. Nuestra experiencia,
como la de otros equipos que trabajan en problemas similares en
Canadá y Estados Unidos, nos ha enseñado la importancia
de proteger a la víctima de todas la maniobras represivas
que van a ser utilizadas por la familia, especialmente por el
abusador, para anular el impacto de la divulgación. Algunos
casos que terminaron con consecuencias desastrosas para la víctima
nos ayudan a mantener actualmente esta posición de una
manera firme e irrevocable. Basta un contacto mínimo entre
la víctima y el abusador, por ejemplo, una mirada o una
palabra de éste, para que la víctima comience a
dudar y a retractarse de lo que ha dicho.
Fase
de la crisis familiar: como ya hemos señalado, las posibilidades
terapéuticas de una familia abusiva comienzan y deben mantenerse
a través del desarrollo de una situación de crisis
que le impida reestructurarse alrededor de la descalificación
de la víctima o de la minimización o negación
de los hechos abusivos. La crisis familiar es desencadenada lo
más rápidamente posible, a menudo casi al mismo
tiempo que la divulgación. Los equipos de intervención
en crisis convocan al padre no abusador para comunicarle los resultados
de la validación. La reacción de este padre a los
hechos denunciados nos informa del grado de implicación
de éste en los procesos abusivos así como sus posibilidades
para ser considerado como una fuente de ayuda para la víctima.
Si el abusador es el padre y la madre se muestra ambivalente y/o
manifiesta comportamientos o propósitos que nos hagan pensar
en cierto grado de complicidad con el abusador, se tomarán
medidas de protección para la víctima, sin tener
en cuenta a la madre como ayuda para ella, por lo menos a corto
plazo. Enseguida, se convoca al abusador poniéndole al
tanto de los resultados de la validación. Su reacción
al contenido de ésta, los elementos de su historia personal
y las informaciones recogidas por los profesionales sobre su estructura
de personalidad, jugarán un rol fundamental en la organización
del programa terapéutico destinado a ayudarle a él
y a su familia. El manejo de la crisis familiar se mantiene a
través del alejamiento del abusador del domicilio familiar,
señalando la situación al sistema judicial.
En
Bélgica, a través de la Ley de la Protección
de la Juventud, existen condiciones para obtener del marco judicial
una restauración de la Ley dentro de estas familias, sin
que existan necesariamente medidas punitivas contra los padres.
Pero si el poder judicial considera necesario condenar a los padres
abusadores en el marco de esta misma Ley, es posible continuar
el trabajo terapéutico con las familias facilitando la
rehabilitación del padre abusador. Esto explica que en
ocasiones, para provocar y mantener la crisis, utilicemos los
instrumentos que esta Ley ofrece para asegurar el derecho y el
bienestar de los niños a través de un trabajo concertado
con los Tribunales de Menores y/o con las instancias sociales
de protección infantil.
El
trabajo de terapia familiar a través de la diferenciación,
reparación y exoneración.
El drama de los personajes implicados en la tragedia del incesto
radica en que el “libreto” que interpretan, los perpetúa
en una elección limitada de comportamientos, bloqueados
en un marco abusivo mientras no sobrevenga la crisis que cuestiona
al personaje, y que provoque una apertura y una recuperación
de la condición humana de cada implicado. La familia abusadora,
en tanto sistema determinado por su estructura, estaba reducida
antes de la crisis, a interacciones abusivas donde una de sus
manifestaciones fue el abuso sexual. Esta situación impedía
un verdadero encuentro de diálogo y de respeto entre sus
miembros. Nuestro desafío como seres humanos portadores
de un rol terapéutico, es contribuir a crear las condiciones
para que exista un verdadero diálogo interpersonal. Sin
entrar en descripciones detalladas de nuestra metodología
de trabajo terapéutico, haremos mención de su ejes
principales:
El trabajo de diferenciación: en la primera fase de la
terapia con la familia, dialogamos en sesiones individuales con
las personas implicadas en el proceso abusivo por separado: el
abusador, la madre, los hermanos, etc. Esto puede hacerse en sesiones
individuales o en sesiones de grupo, es decir, grupos con otros
abusadores, con otras víctimas, con otras madres. El objetivo
de esta primera parte del proceso terapéutico familiar
es facilitar la reflexión de cada uno sobre el lugar singular
que ocupó en la situación abusiva, su responsabilidad,
los perjuicios, y las consecuencias positivas y negativas de sus
actos a lo largo del proceso de abuso y después de su divulgación.
Este modo de trabajar permite la apertura hacia un proceso de
diferenciación y recuperación de la libertad y la
creatividad de cada uno, a través de este proceso de asumir
la responsabilidad del rol jugado en la dinámica abusiva,
tomando además conciencia de los determinantes históricos,
sociales y culturales que le influenciaron. Ayudar a cada miembro
de la familia a aceptar su co-responsabilidad en la protección
del incesto así como a liberarse de determinantes del pasado,
es ayudarles a recuperar sus libertades y su creatividad.
El trabajo de reparación y exoneración: La segunda
parte del proceso de terapia familiar consiste en facilitar el
diálogo entre los diferentes miembros de la familia en
torno a conversaciones que posibiliten, en primer lugar, cambiar
la dinámica creada por la ley del silencio y los secretos,
inmediatamente después, facilitar el diálogo y los
comportamientos simbólicos destinados a la reparación
de la víctima y la exhoneración de los adultos (el
abusador directo y/o el padre no protector), y finalmente si es
posible, una renegociación de la relación conyugal
y de las interacciones parentales, a fin de asegurar un buen funcionamiento
familiar en el que los derechos y el bienestar de cada miembro
sean respectados.
A través de nuestra metodología terapéutica
hemos obtenido resultados alentadores cuando hemos podido manejar
con firmeza y respeto las diferentes etapas descritas. Nuestra
práctica nos ha enseñado a distinguir los casos
de familias que al principio no estaban dispuestas a la intervención
terapéutica, pero que a medida que fueron enfrentadas a
esta metodología terminaron aceptándola y participando
en el proceso terapéutico. Existen otros tipos de familias
en las que, a pesar de las posibilidades terapéuticas ofrecidas
por nuestro programa, los adultos abusadores siguieron optando
por un funcionamiento rígido y totalitario; en estos casos,
la negación absoluta de los hechos por parte del abusador
y la complicidad de la esposa y de otros adultos del entorno inmediato,
muchas veces pertenecientes a clases sociales favorecidas, nos
ha obligado a optar por un enfoque centrado en el sufrimiento
de la víctima, ya sea a través de sesiones individuales
o en grupo con otras víctimas, igualmente basado en una
metodología ecosistémica.
A
lo largo de este texto hemos querido compartir nuestros modelos
de la terapia y la prevención del maltrato infantil. Mi
finalidad no ha sido sólo transmitir una experiencia desarrollada
en el marco de una sociedad particular como es la sociedad belga,
sino sobre todo asociarme de una manera simbólica con las
reflexiones y combates de quienes continúan defendiendo
los derechos humanos, particularmente, los derechos de los niños
en cualquier lugar del mundo. En nuestro caso, los fundamentos
éticos que animan nuestra práctica es que nadie
tiene el derecho de abusar de otro ser humano, sean cuales sean
sus razones, experiencias o contextos; por lo tanto, la tarea
esencial de todo ser humano, particularmente de todo terapeuta,
es hacer todo lo posible para comprometerse en la defensa de la
vida. Por otra parte, nuestras reflexiones epistemológicas
se basan en la idea de que la felicidad y el bienestar del niño
no es nunca el efecto de la causalidad de la mala o buena suerte;
muy al contrario, es una producción humana nunca puramente
individual, ni siquiera únicamente familiar, sino el resultado
del esfuerzo de la sociedad en su conjunto. La protección
y la defensa de los derechos del niño constituye por consiguiente
la tarea de todos los que se reconocen como seres humanos. En
lo que se refiere a la asistencia a los niños víctimas
de maltrato infantil y abuso sexual, el desafío es facilitar
dinámicas sociales participativas en las que cada cual,
conforme a su nivel y competencia, pueda crear con los niños
y sus familias condiciones y respuestas para prevenir y tratar
las agresiones y abusos sexuales. Si no encontramos esta respuesta,
existe el riesgo de que millones de niños continúen
atrapados en estas realidades de violencia y reaccionen a ellas
mediante comportamientos disfuncionales y destructivos. Ha llegado
la hora de que nuestras sociedades acepten que detrás de
cada niño adolescente delincuente, toxicómano, enfermo
psiquiátrico, prostituido, etc., hay una historia social
de poder y violencia. Aceptar esta realidad podría conducirnos
hacia nuevas y más amplias posibilidades de prevención
de fenómenos tan trágicos como la existencia de
niños obligados a sobrevivir y a encontrar un sentido a
su vida autodestruyéndose.
BIBLIOGRAFÍA
Barudy, J., El dolor invisible de la infancia: una lectura ecosistémica
, Ed. Paidos, Barcelona, 1998.
Barudy,
J., "Maltrato infantil: ecología social: prevención
y reparación." Ed. Galdoc. Chile, 1999.
Maturana, H., El sentido de lo humano, Santiago de Chile, Dolmen,
1991.
Maturana,
H., Varela, G., El árbol del conocimiento,Santiago de Chile,
Edit. Universitaria, 1984.
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